REGRESO AL BARRIO.
Viernes 7 de septiembre, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
http://mariopbe.com/
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Harold Mosquera Rivas, columnista de El Liberal
describe una escena desilusionante que se repite
frecuentemente.
Harold es ingeniero de telecomunicaciones y abogado
egresado de la  universidad del Cauca. Especialista en
Derecho laboral y Especialista en relaciones laborales
y de seguridad de la Organización Internacional del
Trabajo, OIT, en Turín y Bolonia, Italia.

Cordialmente,

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Regreso al Barrio.
Por: Harold Mosquera Rivas
El Liberal. Popayán
Jueves 06 de Septiembre de 2012 - 12:21 AM


Luego de un prolongado período de ausencia por razones laborales y de vacaciones, el fin de semana pasado regresé a mi barrio natal en la ciudad de Cali, San Luís, allí donde di mis primeros pasos y en medio de la pobreza me enseñaron a enfrentar con tenacidad las adversidades de la vida. Allí aprendí a perder, pues en aquellos tiempos eran más las derrotas que los triunfos. Ese es quizá el legado que más recuerdo del barrio, pues quien aprende a aceptar las derrotas, a levantarse del fracaso y continuar con mayor fuerza para seguir adelante, tiene menos probabilidad de morir por causa de un infarto.

El regreso al barrio fue una experiencia triste, al ver niñas menores de quince años embarazadas, sin saber qué hacer con su vida, pequeños de apenas doce años incursionando en la dosis personal de marihuana y ancianos a los que ya nadie les presta atención como si estuvieran muertos en vida. Cuando le di un abrazo a don José, un vecino que en la infancia me enseñó a realizar el nudo de los zapatos, el hombre rompió en llanto y me comentó que había olvidado lo que se sentía al recibir un abrazo de un vecino. A doña Lucía, otra vecina, el mal de Alzheimer le borró por completo la memoria y no pudo reconocerme, sentí una honda pena al abrazarla y saber que no podía recordarle la infinita gratitud que le profeso por haber tenido la paciencia necesaria para enseñarme a leer en aquellos tiempos en que no existían los pre escolares y tan solo a los siete años podía uno pisar la escuela pública.

En el barrio y en especial en la calle en que nací, cada vez hay más habitantes desconocidos para mí. Ellos son una prueba incontrovertible del paso de los años y de la necesidad de sacar tiempo para compartir con aquellos amigos de infancia que aún nos quedan vivos, para sentir la emoción de recordar los acontecimientos que marcaron para siempre la existencia, pero además para reiterar el compromiso permanente de no olvidar esas raíces en cada uno de nuestros actos de la vida.

La verdad es que, cuando una se acostumbra a encontrar la felicidad en las pequeñas cosas de un vecindario del barrio, aquellos lugares que maravillan al mundo, en parís, New York, Roma, Venecia, Sao Pablo, Buenos Aires, Ciudad de Méjico, Ámsterdam, Santo Domingo, Lima, Madrid o Estocolmo, no son más que un motivo adicional para la nostalgia por el juego de cinco hoyos, el cuclí, el cojín de guerra y todos aquellos juegos que practicábamos en la colectividad del barrio, antes que apareciera la locura de los video juegos en los que un jugador puede pasar el día entero sin compartir con otro ser humano. Me gustaría volver a radicarme en el barrio San Luis, caminar descalzo por sus calles, compartir una cerveza el fin de semana con los vecinos y recordar como en la canción salsera que: en sus calles yo nací y allí quisiera morirme.

Publicada por Harold Mosquera Rivas.

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