YO FUI MOQUERO
Domingo 1 de abril, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
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mariopbe@gmail.com

Vida de hoy
Yo fui 'moquero' en las procesiones de Popayán
Por: FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO | 10:19 p. m. | 20 de Abril del 2011


Fernán Martínez Mahecha cuenta cómo llegó a este oficio religioso de Semana Santa.

El periodista Fernán Martínez Mahecha relata cómo llegó a ser moquero (el que recoge la cera de los cirios y prende los que se apagan) en las procesiones de Semana Santa, en su natal Popayán.
Tradición y revolución. He ahí dos palabras idénticas.
Vicente Aleixandre.

No todos los españoles son toreros ni todos los popayanejos son cargueros. Hay 489 cargueros en Popayán. El que cumpla 60 años tiene que retirarse para que cargue sangre joven.

Se requiere una casta especial para ser carguero. Una extraña y poderosa mezcla de fe, tradición, sacrificio y orgullo.

En mi carrera hacia el puesto de carguero solo llegué a ser moquero, con el prerrequisito de haber sido carguero de las procesiones chiquitas. Tenía 11 o 12 años. Mis funciones y obligaciones oficiales como moquero en las cuatro horas y dos kilómetros de la procesión eran dos: prender los cirios de los pasos que el viento apaga (cada procesión tiene 15 pasos y más de 300 cirios), y rebanar el moco que chorrea de los cirios, pero con la suficiente técnica para no sacarlos del candelabro y tumbarlas sobre los combustibles trajes de las imágenes.

Tenía otras funciones no oficiales, como mensajero entre cargueros, sahumadoras y sus madres: ayudar a ancianos alumbrantes, enderezar cirios, mallas o arreglos florales torcidos y encaramarme a algún paso, si fuera necesario.

El moquero va vestido con el mismo atuendo del carguero (nunca se le ocurra decir uniforme o disfraz, nunca) un túnico color morado semanasantero, enterizo, sin cuello, con tres botones, un capirote que cae atrás en punta a la altura de la nuca, un cíngulo o cable trenzado que termina en dos borlas, una faja o paño bordado por la mamá, la novia o las artesanas tradicionales , un par de alpargatas de fique y una coronita de pensamientos morados en el pecho, si se trabaja el Viernes Santo.

El equipo básico del moquero es una vara de tres metros de largo y tres centímetros de diámetro, fuerte pero no pesada, una cuchilla afilada de entre 8 y 10 centímetros de larga por 2 de ancha y amarrada firmemente en cruz en el extremo de la vara, un pabilo grueso y bien encerado, que pasa por entre un delgado canal o tubito de lata, también instalado en la punta de la vara y, al otro lado de la cuchilla, una mochila de la misma popelina morada del túnico y el capirote.

En mi época había 4 moqueros por procesión.

Ser moquero ese Jueves Santo era lo más importante que había hecho en mi vida; me sentía el personaje más grande de la noche, como si toda la ciudad hubiera salido a los andenes a verme; la familia muy orgullosa y mi papá haciéndome señas para que caminara derecho.

Mi obligación como popayanejo estaba cumplida.

Y todos los Santos, Vírgenes y Cristos que había alumbrado me iban a facilitar la vida, sobre todo ayudándome en las tareas y en los exámenes del colegio, que era por lo más que rezaba. Todo feligrés pide algo. Subí dos veces de rodillas los quingos de Belén en lugar de estudiar en exámenes finales.

Mi compinche de faena era 'Mincho' Arboleda. Formábamos un dúo conocido no precisamente por ser los mejores estudiantes, pero con una gran habilidad por pelear, cortejar a doncellas, burlarnos de todo y de todos y reírnos en clase, en misa y en entierros.

Para que nos seleccionaran comenzamos a entender y aplicar el arte de las recomendaciones, que tanto se estila en mi ciudad.
 
Necesitamos el apoyo de síndicos, cargueros, párrocos y miembros de la Junta Pro Semana Santa para que 'Mincho' y yo obtuviéramos mejores condiciones para el puesto de moqueros, que los otros niños que estaban en la larga lista.

Esa noche, no teníamos derecho a reírnos: estábamos bajo el rigor del silencio de la Semana Santa, en la que solo se oye el craquear de las andas, las campanitas de los sitiales, las pujadas de los cargueros, el golpe de la alcayata líder para indicar parar o seguir y la música de las bandas.

Semana Santa es una temporada especial para los popayanejos: a los niños, adultos y ancianos nos ponían corbata, las mujeres vestían de negro y pañoleta y visitábamos todas las iglesias, que en Popayán son muchas.

Recuerdo que había un señor muy elegante, que se vestía siempre de oscuro, chaleco, reloj de cadena, camisa blanca almidonada, corbata encorvada, pisacorbatas de oro, zapatos brillantes y mancornas y le decían 'Viernes Santo'.

En el colegio nos sacaban a alumbrar y, si comíamos carne el viernes, nos podíamos morir.

El trazado de las calles de Popayán parece que se hizo para procesiones: todos los días la procesión hace la misma T pero cada día la procesión sale de diferentes iglesias.

Desde 1937, la cosa es mas fácil para los cargueros, pues pavimentaron todas las calles, que antes eran bellamente empedradas y roñosas. Un moquero puede caminar en cada procesión unos 25 kilómetros, porque le toca hacer de arriba abajo varias veces el recorrido de 2 kilómetros. Esa distancia no es nada si se pudiera hacer en tenis y no en alpargatas de fique nuevas y sin medias. Los pies terminaban ampollados, como los del Nazareno y, por honor de carguero, no caminamos descalzos hasta la casa.

El moco que recogíamos nos lo compraban en la misma fábrica de velas de laurel de la carrera 10; yo llené tres bolsas de cera, que le iba entregando a mi mamá, que se las ingeniaba para ver la procesión (y a mí) desde por lo menos tres esquinas.

En mi Popayán, la Ciudad Blanca (todas las casas tienen que ser blancas por ley), la Ciudad Fecunda (15 popayanejos han sido presidentes en 19 ocasiones, incluyendo las 'palomas' de Víctor Mosquera Chaux y Carlos Lemos Simmonds, Ciudad Procera (el Sabio Caldas, Camilo Torres y Francisco Antonio Ulloa) y Ciudad Universitaria, cuna de intelectuales, artistas, escritores y poetas, (donde dicen que el que no es poeta es hijo de poeta), nos sentimos orgullosos de las procesiones de Semana Santa.

Y, como todos los popayanejos, en mi casa me crié oyendo hablar del lujo de los sitiales, el nepotismo de los síndicos, el precio del Cachorro, la calidad de las alcayatas, las virtudes del pichón (el aspirante a carguero), la vergüenza de la pedida (carguero que claudica tiene que abandonar el pueblo), la tienda de la Chocha, los secretos del pipián, los poderes del ají de maní, la insuperable calidad de la sopa de carantanta, la soberbia de la logia de los caballeros del Santo Sepulcro, los milagros del Santo Ecce Homo, patrono de la ciudad y los obreros, el peso de las insignias, la exquisitez única de la granadillas del quijo, los callos en los hombros de los cargueros, la corpulencia legendaria de Otón Sánchez, cargando 75 años hasta los 87 (única alcayata de diamante) y a hablar más de lo que fuimos, que de lo que íbamos a ser.

Manolo Martínez, mi papá, no era semanasentero, pero arrasaba con palabras o trompadas al que se atreviera a hablar mal de este rito religioso o pagano o de cualquier cosa que pasaba en Popayán, donde según él, se veían las mujeres más bellas del mundo, los hombres más valientes, la comida más variada, los músicos más virtuosos, los artesanos más geniales, las mentes más brillantes, los apodos más horribles y precisos, las joyas coloniales más valiosas, los atardeceres más coloridos y los políticos más ineptos, que dejaron convertir a la gran Popayán de la colonia en una de las ciudades más pobres y decadentes de estos tiempos.
 
Me mostraba en un mapa antiguo que Popayán estaba en mayúsculas y señalado con un círculo más grande que las otras ciudades. Y murió orgulloso de su título de popayanejo, que no es apenas un gentilicio.

Sólo el orgullo y el apego a la tradición de las gentes de Popayán pueden haber mantenido vivas las celebraciones de Semana Santa durante 450 años, cuando todo, hasta lo básico, se ha transformado.

Conservo con cuidado mi única fotico de carguero en las procesiones chiquitas, así como los reclutas de Vietnam lo hacen con las fotos de la guerra y lamento que Ortiz o Ledezma, los fotógrafos de la ciudad, no me hubieran tomado foto con mi túnico, capirote, paño, cíngulo y alpargatas y armado, como un aprendiz de Quijote, con una vara, cargada con una cuchilla y un pabilo encerado, para mostrársela a mis hijas de 11 y 8 años.

Ya estoy buscando recomendaciones para conseguir que, cuando ellas tengan 15 o 16 años, las seleccionen para que desfilen como sahumadoras vestidas de ñapangas y sientan, en esa T de dos kilómetros, la tradición y el orgullo de ser payanesas, aunque hayan nacido fuera del país.
Diez líneas sobre el autor
Fernán Martínez Mahecha se inició como periodista en 'El Liberal', de Popayán, luego pasó a 'El Pueblo', de Cali y, durante varios años, fue redactor de EL TIEMPO. Hizo producción de TV. Como mánager, tiene a su cargo más de 15 artistas internacionales.

FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO


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