LLEGADA DEL GENERAL PABLO MORILLO A SANTAFÉ.
Sábado 20 de mayo, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
http://mariopbe.com/
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Pedro María Ibáñez,1854'1919, historiador, médico y periodista colombiano, en su libro Crónicas de Bogotá, relata en detalle la entrada a Santafé del General Pablo Morillo, Jefe de la expedición española para la reconquista de Nueva Granada..

Cordialmente,

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Crónicas de Bogotá
Segunda Edición Tomo III
Pedro M. Ibáñez © Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XLIV
(Segunda parte)


 El 25 de mayo Morillo, Enrile y el Vicario del Ejército, Luis Villabrille, llegaron con la retaguardia del Ejército a Zipaquirá.

En la relación de un español, Oficial del Ejército expedicionario, don Rafael de Sevilla, se cuenta que un miserable-cuyo nombre no cita-le avisó al terrible Pacificador que veinte días antes habían entrado a Santafé las tropas de Latorre a viva fuerza; que en ninguna parte se les había combatido con mayor encono por los rebeldes que comandaba Serviez; y que habían tenido que ganar calle por calle con las puntas de sus lanzas, porque no había casa de donde no se les hiciera fuego. «Ni un solo bogotano se puso a nuestro lado, ni una dama siquiera de las pocas que vimos dejó de darnos pruebas de su rencor. Si ahora le adulan a usted, mienten villanamente.»

Ese sábado obsequiaron a Morillo en Zipaquirá con un baile, y en ese homenaje se suspendía la música con frecuencia para que las damas recitaran versos en alabanza de Morillo y en honor del Ejército expedicionario (3) .

El domingo 26, Morillo y su séquito salían de Zipaquirá para Santafé, trayendo a la cola de sus caballos al Cura y al Coadjutor de esa población, doctor Fernando Buenaventura y fray Mariano Forero.

En el libro del Coronel historiador Rafael Sevilla, sobrino de Pascual Enrile, el temible compañero de Morillo-relación a veces inexacta y apasionada dé lo sucedido,- se refiere así la traslación de los expedicionarios desde Zipaquirá a la capital:

El General dispuso que el Ejército le siguiese como a una legua de distancia; se puso un levitón que le cubría todo el cuerpo y parte de la cabeza; un ancho sombrero de paja, sin insignia alguna, le acababa casi de ocultar el rostro; montó en un caballo común, y acompañado del General Enrile, su mayordomo y un ordenanza de caballería, se puso en marcha para la capital del Reino neogranadino, que estaba cerca. Yo seguía en la vanguardia del Ejército. Antes de andar una legua se encontró ya con una brillante cabalgata de señoras lujosamente ataviadas, y caballeros, en fin, con familias principales, a caballo y en coche, una buena música acompañaba a dicha numerosa y lujosa comitiva. Al ver a aquellos cuatro hombres, las amazonas y sus acompañantes hicieron parar la música y los detuvieron, una dé las señoras, que venía adelante en un magnífico caballo blanco, fue la primera que tomó la palabra, obligando a hacer graciosas cabriolas a su corcel de pura raza andaluza.

«-Caballero-dijo con voz dulce y armoniosa, fijando en Morillo sus grandes ojos negros:-¡salud al victorioso Ejército pacificador de Tierrafirme! Esta comisión de señoras y señoritas de la nobleza bogotana, que tengo el honor de presidir, así como la de caballeros que nos sigue, queremos saludar y felicitar al invicto General Morillo. ¿Nos podrán ustedes decir dónde hallaremos a Su Excelencia?»

El aludido recorrió con la vista aquella brillante pléyade de hermosas mujeres, gallardamente montadas sobre ricos palafrenes, y después de una breve pausa contestó:

«-Gracias, señoras y caballeros, por las frases lisonjeras que por boca tan linda acabáis de prodigar al valeroso Ejército de que formamos parte. Pero el General en Jefe.... viene de atrás» Y haciéndoles una cortés pero fría señal de despedida con la mano, continuó su camino.

-¿Dónde está el General Morillo? le preguntaban sucesivamente los jinetes que iba encontrando al paso.

-Atrás viene, contestaba Su Excelencia invariablemente.

A la entrada de la ciudad y en la calle que había de recorrer para llegar a su habitación, encontró multitud de arcos triunfales y carros con comparsas, y banderas españolas, y flores, cortinas de damasco en todos los edificios, y señales del mayor entusiasmo y acendrado españolismo. El General permaneció impasible ante tan ruidosas manifestaciones. Morales le hubiera dado un abrazo si hubiera ido con él.

-¿Cuál es la casa destinada a Morillo? preguntó a un grupo; y habiendo obtenido las señas que solicitaba, se dirigió a ella y se encerró sin saludar a nadie. Pronto llegaron a nosotros las cabalgatas.

-¿Dónde está el General Morillo? exclamaban.

-Va adelante. Ya debe estar en la ciudad, contestó un Coronel, quitándose la gorra, correspondiendo al saludo de las amazonas.

-Si será aquel hombre de levitón.... dijo una rubia. Y retrocedieron por donde habían venido.

Pronto penetramos en aquella ciudad, que parecía una ascua de oro.

En breve circuló el rumor de que el General estaba en su casa, y que había desairado el recibimiento que se le tenía preparado. Muchos objetaban que no podía ser, puesto que, él había admitido análogos obsequios en otras poblaciones cercanas.

Para salir de dudas, se formó una Comisión que fuese a ver si realmente era Morillo el hombre del levitón.

El General la recibió muy cortésmente, vestido de gran uniforme.

-Señores-les dijo: no extrañen ustedes mi proceder. Un General español no puede asociarse ala alegría, fingida o verdadera, de una capital en cuyas calles temía yo que resbalase mi caballo en la sangre fresca aún de los soldados- de Su Majestad, en que ellos hace pocos días cayeron a impulsos del plomo traidor de los insurgentes parapetados en vuestras casas.

Aquella respuesta, que pronto se hizo pública, aguó por entonces la fiesta.

A los dos días el General se trasladó al Palacio de los Virreyes.

El cronista Caballero refiere que don Pablo Morillo llegó de noche a la ciudad, que no aceptó recibimiento público ni privado y que por la negativa se perdieron dos mil pesos que se habían gastado en prevenir un refresco, y los arcos triunfales que lucían desde San Diego hasta la Plaza Mayor, muchos de ellos de cuatro caras, vestidos de blanco y terminados por medias naranjas.

La casa en que se alojó Morillo había sido el hogar de José María del Castillo y de su esposa doña Teresa Rivas; está situada en la calle 14, número 94, y tiene frentes a dicha calle y a la antigua Calle Real, y aún conserva los grandes balcones comunes en Santafé. Sus pesados muros y su portalón arcaico guardan el recuerdo del implacable militar español y de los tiempos idos.

Teñía la espada del Pacificador la sangre de las muchas víctimas sacrificadas por su orden en Cartagena, en Mompós y en Ocaña, y la de los fusilados por su Teniente Calzada en San Gil y Villa de Leiva.

Equivocadamente se ha dicho que por indicación de Lord Wellington escogió el Gobierno de Madrid a Pablo Morillo para el comando supremo del Ejército español en Costafirme. Fue designado por una Junta de Generales, creada por Real Orden de 14 de julio de 18]4, presidida por el infante don Carlos, y de la cual fueron Vocales los reputados caudillos Francisco Javier Castaños, José de Palafox, Castelar, Ramón de Villalba, Carlos 0'Donnell, 0'Donojú y Luis Wimpffen (inglés). Esta Junta eligió, por indicación de Castaños, vencedor en Bailen, a don Pablo Morillo, a la sazón Mariscal de Campo, para el alto cargo a que hemos. hecho referencia (1) .

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