COLOMBIANO QUE FUE REY (O CASI)
Domingo 18 de noviembre, 2012
De: Mario Pachajoa Burbano
http://mariopbe.com/index.com
En prueba, sólo noviembre,2012)
mariopbe@gmail.com
Amigos:

Diego Caldas Varona nos ha enviado el articulo que
reproducimos hoy, escrito por el payanés Juan Esteban
Constaín Croce
,  sobre el Regente de España Joaquín
de Mosquera y Figueroa
nacido en Popayán el 29 de
enero de 1748. Nuestros agradecimientos para Diego.

Cordialmente,

***

Gente
El colombiano que fue rey (o casi)--.
Por: JUAN ESTEBAN CONSTAíN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO |
9:03 p.m. | 16 de Noviembre del 2012


La curiosa historia del payanés Joaquín de Mosquera y Figueroa, oidor de la Audiencia de Santa Fe.

Siempre que se hace la lista de nuestras glorias nacionales -de García Márquez a Chucho Merchán, de Shakira a Botero, de Rodolfo Llinás a Mariana Pajón, de John Édison Castaño a Eduardo Zuleta Ángel, de Totó la Momposina a Ezequiel Uricoechea y Rufino José Cuervo-, siempre me ha extrañado que no aparezca allí el nombre de Joaquín de Mosquera y Figueroa, oidor de la Audiencia de Santa Fe y alcalde del Crimen en México, gran burócrata colonial y gran lector de La Bruyère. Y además, rey de España por unos meses. O bueno, casi: presidente de la tercera junta de regencia que desde enero de 1812 ejerció el poder ejecutivo por mandato de las cortes, mientras la península seguía en guerra contra Napoleón Bonaparte y el rey legítimo, Fernando VII, seguía engordando y de parranda en su prisión del castillo de Valençay.

Fue Mosquera, un neogranadino nacido en Popayán en 1748, quien firmó hace 200 años y poco más la Constitución de Cádiz, llamada La Pepa por promulgarse el 19 de marzo de ese año, día de San José. Ahí está el nombre del colombiano, de su puño y letra. Comuníquese y cúmplase, Yo el Rey.

Como se dijo hasta la saciedad cuando las celebraciones del bicentenario hace unos meses, La Pepa fue una constitución ejemplar y una oportunidad perdida: lo primero por muchas de sus ideas liberales y modernas -el reconocimiento de la soberanía nacional y la igualdad política entre los españoles americanos y los peninsulares, el desmonte de la Inquisición, la división de los poderes públicos, la apuesta por la monarquía constitucional...-, y lo segundo porque apenas sí duró dos años en un país arrasado por la guerra y la anarquía que no estaba para tolerar ninguna ley, mucho menos esa.

En 1807 Napoleón Bonaparte decide invadir a Portugal por no acatar el bloqueo continental a los ingleses; España, en manos del pusilánime Carlos IV y su valido Manuel de Godoy, una víbora, abre las puertas para que por allí entre el ejército francés camino de Lisboa. Más de 25.000 hombres bajo el mando de Junot. A principios de 1808, sin embargo, el emperador ordena que sus tropas no regresen a Francia, que se vayan quedando más bien en las ciudades españolas. Se trata de una invasión lenta y sigilosa, un sutil golpe de mano a sus aliados.

El rey, entonces, decide huir con la corte siguiendo el ejemplo de su yerno portugués, pero el pueblo español lo frena indignado en Aranjuez. Tras de cornudo y torpe, cobarde. El 19 de marzo, allí mismo, abdica en favor de su hijo Fernando VII. 

Pero la intriga de Napoleón ya estaba consumada, su tela de araña perfecta; no sabía entonces que él mismo iba a quedar allí atrapado, que ese iba a ser su abismo y su perdición. A finales de abril, harto de tanto circo, el emperador se da cita en Bayona con Carlos y con Fernando y de ambos obtiene la abdicación.

Le dice al pueblo español que tranquilo, que ha llegado su salvador. No más curas y no más oscuridad, no más la Edad Media. Llama a su hermano, lo saca de Nápoles y lo hace rey: el pobre José Bonaparte, que ni quería y que de verdad hizo lo mejor que pudo para gobernar a ese país ingobernable.

Con la gente más preparada y competente a su lado, con una constitución moderna, la de Bayona de 1808, sin cuya provocación nunca se habría hecho la de Cádiz. Y qué no le dijeron al buen rey José: borracho, usurpador -lo era-, gabacho y malnacido, francés, lúbrico, vendido, italiano, Pepe Botellas. Así se levantó en armas España, los curas a la cabeza, contra el invasor. Así empezó la guerra de guerrillas, la guerra de independencia sin la cual no habría ocurrido tampoco la de Hispanoamérica. La nación rebelada contra un gobierno extranjero.

Ese es el origen del proceso constituyente de Cádiz. Porque con el rey legítimo preso, el pueblo se organiza en "juntas" -reunidas luego, desde septiembre de 1808, en la Junta Suprema Central- que van a preservar y a definir la soberanía mientras la guerra y la usurpación.

Pero la guerra es dura y larga, y España queda dividida entre dos gobiernos, el de los afrancesados con José I y el de la Suprema, que manda en nombre de Fernando VII.

Ambos envían sus representantes a América para obtener de estos reinos la adhesión y la fidelidad, la unidad de la nación a cada lado del Atlántico; y acá también se enfrentan con pasión los ánimos: el de quienes quieren estar con la Junta y piden una mayor representación en ella, el de quienes aceptan el régimen napoleónico y el de quienes empiezan a albergar una opinión que luego sería definitiva para las independencias hispanoamericanas: si el rey no viene a gobernar él mismo y su cautiverio se prolonga, el pueblo es soberano y tiene derecho a mandarse como quiera, sin sujeciones de ningún tipo con nadie.

Ni con los franchutes ni con la Central ni con el diablo, con nadie. Fue el argumento perfecto que encontraron algunos miembros de las élites criollas, feudales y separatistas, para quitarse de encima, por fin, el lastre del poder de la Metrópoli. Herederos de la encomienda que hicieron la república para perpetuar el orden colonial y el paraíso imaginario del criollo y la blancura; el liberalismo como instrumento político de quienes eran (son) su negación y su fracaso.

Pero la guerra en España era dura y larga, más que nunca, y esa tela de araña se fue tragando al ejército napoleónico, que tuvo allí su primer gran desastre; allí empezó a acabarse ese imperio que había derrotado a todos los demás, pero que no pudo con un pueblo enloquecido que expulsó con las uñas, los ojos desbordados, el fuego, hasta al último francés.

En los eriales castellanos y en la estepa rusa Napoleón Bonaparte encontró su ruina. Mientras, la división del país era cada vez más profunda: el gobierno de José a la deriva (ni siquiera los mariscales de su hermano le hacían caso), y la Junta Central huyendo a Sevilla, primero, y luego a la isla de León, en la bahía de Cádiz, para que allí la protegieran los ingleses.

Joaquín de Mosquera y Figueroa fue elegido vocal para la Junta por las provincias de Venezuela, luego de una carrera en que lo había sido todo dentro del aparato de la burocracia colonial: oidor, regente, alcalde. Llegó a España el 12 de agosto de 1809, pero no se pudo posesionar en su cargo: los venezolanos demandaron su elección por no ser oriundo, por no ser "buen ciudadano y celoso patricio".

El colombiano es muy rebuscador; como se sabe, no se vara, y Mosquera obtuvo el cargo de ministro togado del Consejo de Indias.

En enero de 1810 la Junta Central se disolvió para darle el mando al Consejo de Regencia; en septiembre se inauguraron las cortes que iban a hacer la constitución del reino.

En enero de 1812 -la guerra era dura y larga- dichas cortes eligieron una nueva regencia de 5 miembros, presidida ahora por Joaquín de Mosquera y Figueroa. Un colombiano casi de rey de España, casi. Fue él quien firmó, el 19 de marzo de ese año, la Constitución de Cádiz, La Pepa. No me extraña: era un cheque sin fondos. Juan Esteban Constaín Especial para EL TIEMPO

**
     Si desea descontinuar el recibo de estos artículos de la Red
 payanesa por favor informar a mariopbe@gmail.com

 
     To receive no further e-mails, from Red payanesa, please
 reply to  mariopbe@gmail.com