LA PROCESIÓN VA POR DENTRO
SEMANA SANTA, ACOMPAÑAMIENTO:  IV
Sábado 16
de abril, 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
mariopb@comcast.net

Amigos:

Continuamos reproduciendo apartes del importante articulo: "La procesión va por dentro"
escrito por Gustavo Wilches-Chaux. En esta oportunidad, se refiere al acompañamiento,
que entre los pasos, dan lustre y elegancia a las procesiones.

Cordialmente,

***
La Procesión va por dentro
 Por Gustavo Wilches-Chaux
 Fragmento.
 Popayán, Noviembre 29 de 1999

Después de muchos años de mirar procesiones, uno aprende a conocer qué movimientos del “tambor mayor” y qué cambios de los redoblantes, anuncian la intervención de las cornetas. De un tiempo para acá, en los instrumentos de percusión se han incluido las marimbas, que el Martes, el Miércoles y el Sábado tocan, con ritmo marcial, bambucos y tonadas de Los Beatles. Todos los integrantes de la banda avanzan l-e-n-t-a-m-e-n-t-e, con un imperceptible bamboleo, con la misma cadencia.

Durante los pocos paréntesis en que deja de tocar la banda, el silencio se vuelve agobiador, irresistible, denso. El sonido que producen al caminar los alumbrantes y los crujidos de las andas se amplifican. Desde varias cuadras atrás llega el eco de la coral Pabón del Orfeón Obrero entonando el “De Profundis”, el “Miserere” y el “Stabat Mater”: la gente joven del común, que hoy no sabe de letras en latín, dice identificar a lo lejos el sonido perezoso de las cinco vocales: áaaaa, éeee, íiiiiii, óooo, úuuu.

El bombo rompe ese silencio súbitamente con un golpe. La gente da un salto, tomada por sorpresa. El tiempo se despierta y comienzan otra vez a moverse los relojes. L-e-n-t-a-m-e-n-t-e otra vez, pero a moverse. Pasa un poco más de media cuadra entre el último corneta de la banda y la aparición del primer paso.

Al principio de las procesiones siempre van los pasos más livianos (San Juanes, Magdalenas y Verónicas), llevados por lo general por cargueros principiantes. El Viernes Santo abre la procesión “el Paso de la Muerte”, en el que un ángel con una guadaña en la mano, lleva encadenado un dragón de siete cabezas que representa los siete pecados capitales. Y junto a ellos un esqueleto, sobre cuya identidad en vida se han tejido en Popayán toda clase de fábulas (aunque lo cierto es que fue comprado en Cali, en un almacén de ayudas educativas, por la suma de 130 pesos en el año de 1944).

Los cargueros desfilan ataviados con túnicas de algodón color azul oscuro, que reciben el nombre de “túnicos” y se ciñen la cintura con un cordón o “cíngulo” y un paño blanco del que cae una cascada de preciosos bordados. El atuendo general recibe el nombre de “animasola”. La cabeza se la cubren con un gorro o capirote de la misma tela, pero cargan con la cara descubierta desde 1841, cuando a raíz de que los generales José María Obando y Juan Gregorio Sarria, que se hallaban “enguerrillados” en franca rebelión contra el gobierno, bajaron de incógnito a cargar en el paso de la Virgen de Los Dolores de la procesión del Martes Santo, y el entonces Gobernador del Cauca prohibió que de allí en adelante los cargueros anduvieran con la cara tapada.

Por el caminar elegante y el ritmo parejo de los cargueros, por la manera imperceptible de mecerse la imagen, y por el sonido armónico con que crujen las andas, se sabe que el paso viene bien cargado. Los buenos cargueros deben darles a los espectadores la falsa impresión de que el paso no pesara. Un carguero haciendo alarde de fuerza exagerada, “doblado” bajo el barrote o “colgado” en medio de cargueros más altos, anuncian un paso “mal acotejado”. Un sitial meciéndose por su cuenta, sin resonancia con las andas; o una imagen y unas andas que crujan desacompasadas, como si fueran a desbaratarse, indican que el paso viene mal cargado.

La “acotejada” es un ritual que se cumple en vísperas de la Semana Santa, mediante el cual el “síndico”, garantiza que los ocho cargueros de su paso tengan la altura adecuada. Con unos golpes secos en el barrote, con la mano cerrada, uno de los cargueros “esquineros” ordena que el paso se detenga. Los cargueros se aligeran de los barrotes, y los cuatro esquineros los dejan reposar sobre las alcayatas: unas horquetas de hierro engastadas en varas rígidas de chonta, cuya longitud debe llegar un poco por de debajo de la altura del hombro.

Uno de los regidores que dirigen la procesión, se acerca para algún comentario breve a los cargueros. Está vestido con frac y corbatín blanco, y lleva en la mano una cruz delgada de madera, con la pata muy larga. Esa cruz y la alcayata, cruzadas sobre una coronita de violetas, como la que portan todos los personajes humanos en la procesión del Viernes Santo, conforman el símbolo de la Junta Permanente Pro-Semana Santa, una autoridad “civil” responsable de todo cuanto concierne a la organización de las procesiones.

Un “moquero” de corta edad, vestido igual que los cargueros, aprovecha para encender con una vara larga los cirios que se hayan apagado y para recortarles los “mocos” a las velas, con una como cuchilla en esa misma vara.

Tras un breve descanso, que se aprovecha además para mantener las distancias, tres golpes secos en el barrote sirven de señal para que arranque el paso. Los ocho barrotes regresan al mismo tiempo a los hombros de los cargueros, que una vez se sienten cómodos bajo las andas, comienzan a avanzar con pie derecho. Cuentan los cargueros viejos que antes, cuando las calles eran empedradas, con el peso del paso los alpargates se volteaban y quedaban las suelas de fique sobre los empeines, y que las alcayatas se quedaban clavadas en los intersticios entre las piedras, lo cual dificultaba el arranque parejo de los pasos. Unos veinte o treinta metros más atrás, aparece el siguiente paso, y ese pequeño ritual descrito se repite.

Precediendo al primer paso con la imagen de Nuestro Señor Jesucristo (el Señor del Huerto, la Oración o el Santo Cristo, de acuerdo con la noche) llega la primera “sahumadora”. De aquí en adelante, antes de cada paso con la imagen de Cristo o de la Virgen, vendrán otras sahumadoras vestidas de “ñapangas”, nombre con que antiguamente se denominaba a las muchachas del pueblo.

 “Cuenta don Pedro Paz que antes las sahumadoras no eran niñas disfrazadas, sino ñapangas auténticas, y que desfilaba una sola sahumadora por noche. Los vestidos de ñapanga, réplica exacta de los originales, están conformados por una falda de bayeta, un paño de lana apretada de agresivos colores, una blusa de encajes obligatoriamente elaborada a mano, que lleva en los bordes una cinta que hace juego con el color de la falda; alpargate suelto (distinto del de los cargueros que se lleva amarrado); un pañuelo de algodón también bordado, agarrado a la cintura de la falda; una cinta en cada trenza y una tercera a manera de balaca; aretes largos de filigrana de oro con corales rojos (que también eran característicos de las ñapangas) y adherida a la garganta con una cinta negra, una cruz también de filigrana de oro, que lleva en el joyero familiar varias generaciones.”

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