LA PROCESIÓN VA POR DENTRO: II
Viernes 8
de abril, 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
mariopb@comcast.net

Amigos:

Transcribimos el inicio del notable articulo "La procesión va por dentro" de
Gustavo Wilches-Chaux, de la que tomamos fragmentos en nuestra nota del 1 de abril.

Cordialmente,

***

PROCESIONES NOCTURNAS DE SEMANA SANTA EN POPAYÁN:
“ LA PROCESIÓN VA POR DENTRO”

Por: Gustavo Wilches-Chaux
Popayán, Noviembre 29 de 1999
Inicio.

“Ya que muchos se han propuesto componer la narración de los sucesos realizados
entre nosotros, según nos transmitieron quienes desde el principio fueron testigos
oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber
investigado cuidadosamente todas las cosas desde el principio, escribirte una
exposición ordenada (...) para que aprecies mejor la solidez de la enseñanza que
has recibido.”
Evangelio Según San Lucas. Prólogo.
 
Siguiendo una costumbre que rige en Popayán desde el siglo XVII, desde la semana anterior las fachadas de las casas han sido “blanqueadas” y la ciudad se ha puesto sus mejores galas. La gente comienza a reunirse en las calles desde muy temprano. En esos días, por el corazón del Centro Histórico, no circulan los carros. Y si es Jueves o Viernes Santo, se vuelve difícil incluso ingresar a las calles por donde la procesión debe desfilar en horas de la noche: tan apretada es la aglomeración en las bocacalles.

Algunos cogen “buen puesto” en los andenes desde por la tarde. Llevan asientos de las casas para que se instalen cómodamente los ancianos. Hasta el terremoto de 1983, casi todas las casas ubicadas sobre el recorrido de las procesiones estaban habitadas por familias “tradicionales”, que las veían pasar desde sus ventanas de primer piso o desde los balcones de las “casas de alto”. En los años posteriores, para poder acceder a los balcones, hay que tener entrada a las instituciones públicas o a los bancos que hoy ocupan la mayoría de las casonas. O hay que ser huésped de los hoteles instalados en otras de esas casas, y haber reservado anticipadamente una habitación con balcón sobre la calle.

Las gentes de las clases populares siempre han visto pasar la procesión desde los andenes. Desde ese punto de vista, para ellas el terremoto no produjo ningún cambio. Hacía el final de la tarde, los que salen de los conciertos del Festival de Música Religiosa, se unen a la muchedumbre. Con el paso de los años, a los vendedores callejeros de maní (con su pregón de “maní, maní, maní tostadito, saladito, maní, maní” que le ha dado el nombre de “vuelta del maní” a este rito popular y espontáneo que antecede a la salida de las procesiones), se han ido uniendo vendedores de cigarrillos y de chicles, de “algodón de azúcar” y hasta de ringletes y otros artículos de feria.

El gentío copa todas las calles por donde han de pasar las procesiones, que en Popayán siguen siempre el mismo recorrido, con la forma de la parte alta de una cruz, cuya cabecera mira hacia el sur y cuyos brazos se extienden de oriente a occidente (siendo la calle 4º en su trayecto del Carmen hasta San Francisco, la base de los mismos). Las principales iglesias del Popayán histórico se encuentran sobre ese recorrido.

Cuando se aproxima la hora para que la procesión salga del templo correspondiente (el Martes Santo de San Agustín, el Miércoles de la Ermita, el Jueves de San Francisco, el Viernes de Santo Domingo y el Sábado de Gloria de la Iglesia Catedral o Basílica Menor de Nuestra Señora de la Asunción, a quien la ciudad se encuentra consagrada), comienzan a aparecer en las calles y a llegar a las iglesias los cargueros, las sahumadoras, los regidores, los monaguillos, los músicos y los cantores, las autoridades con frac, los oficiales de la policía y los militares con uniforme de parada. Los Caballeros y las Damas del Santo Sepulcro, en caso de que la noche sea de Viernes Santo.

En el interior de los templos los síndicos y los cargueros les dan los últimos toques a los pasos. Se acomodan los pesados jarrones y los “arreglos” que van sobre las andas, con flores frescas de distinto color según la noche. Se encienden los cirios sobre los “falsos”, esos candeleros distribuidos simétricamente en la periferia de los pasos. Las mujeres, con hilo y aguja, acomodan cualquier imperfección descubierta a última hora en las vestiduras de los santos. Siempre habrá una mano con un trapo, para una pulida final a los adornos de plata. Al fin y al cabo, los pasos han estado expuestos al público desde el Sábado Santo, pero en la procesión tienen que salir como recién armados.

Los alumbrantes y las alumbrantas esperan la salida de la procesión en el atrio de la iglesia. Portan cirios de distintos tamaños, con un cartón redondo alrededor de la vela, a manera de ruana, para evitar que la esperma caliente caiga directamente sobre la mano. Los monaguillos avivan sus incensarios y el olor a procesión se apodera de la noche. Si está lloviendo, la gente permanece en las calles, pero atiborrada bajo los aleros, para protegerse del agua.

Cuando llueve, la incertidumbre y la desazón se apoderan de todos, porque la procesión no puede salir con aguacero. Todas las mentes confluyen en un esfuerzo tácito para detener el agua: a veces funciona y, cuando la lluvia cesa, la procesión sale. Cuando la noche está seca y, más aún, alumbrada por la luna llena o casi llena, como toca en Semana Santa, no hay problema: la procesión transcurre sin ningún tipo de obstáculo.

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