CUENTICO DE NAVIDAD
Lunes 26 de diciembre de 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano
, poeta, pintor, escritor, columnista,
caucano, nos entrega un delicado cuento de un bello niño junto
a la estatua a caballo del Fundador de Popayán Sebastián de
Belalcázar en el Morro de Tulcán, de la ciudad Blanca, un día
antes de la Navidad.

Cordialmente,

***
CUENTICO DE NAVIDAD
POR: Rodrigo Valencia Quijano
Especial para Proclama del Cauca


Él era taciturno y solitario. El día anterior a navidad encontró a ese bello niño que bajaba por la cuesta del Morro de Tulcán. Soplaba algo el viento, y había exquisita paz en el ambiente, como cuando la soledad se siente protegida por algo inexplicable. Estaba a la orilla del camino, y de pronto el niño pasó por su lado. Parecía jugar con la libertad, más que cualquier otro ser de este mundo; y además tenía algo extraño, difícil de entender, que rebasaba todo lo conocido; era de lo más feliz, aunque su mirada penetraba las cosas con tristeza.

 Y el hombre no resistió entonces el deseo ferviente de llamarlo. Le preguntó qué hacía, a lo cual le respondió que andaba recogiendo las horas que quedaban hasta el día siguiente, día de navidad, pues eran el único regalo que tendría por su cumpleaños; pero se sentía así feliz y no esperaba nada más, porque se contentaba con la sencillez que otorgan el día o la noche, la lluvia, el viento, la montaña, la luna, el sol o las estrellas. Igualmente confesó que no tenía nunca domicilio fijo; que andaba por encima de los astros o por debajo de las nubes, por el fuego, el aire, por el agua o en la tierra; que su mundo se encontraba en todas partes, siempre y cuando lo permitieran los sueños inocentes y siempre que hubiera una excusa para amar, por encima de todas las mentiras.

“Tú no me creerás –le dijo al hombre–, pero hoy tuve un sueño en esta loma, y mis deseos siempre se vuelven realidad, aunque nunca pido nada. Y te diré que me encanta jugar con el caballo de bronce que está allá arriba, y con el señor que lo monta siempre. Me llevan por los aires, de una a otra parte, y los habitantes de esta Ciudad Blanca ni se dan cuenta de ello, aunque lo he hecho tantas veces como he querido, desde hace mucho, muchísimo tiempo”.

El hombre no se sorprendió. “Todos los niños son ingenuos para las mentiras, viven en un juego de ilusiones y su realidad es toda fantasía”, pensó.

“Tú tampoco crees, pero yo sólo vengo a dejar mi bendición en todos los que quieran abrir su corazón a la mansedumbre de la estrella solitaria”, le dijo el niño; y luego señaló hacia el cielo, a un punto que estaba en todas partes y en ninguna, y añadió: “Esa es mi casa, la de mi Padre, donde hay muchas moradas”. Entonces el hombre, pensativo, que siempre había dudado de su posible cordura, adquirió una certidumbre poderosa, acompañada de esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Y vio que la certeza del amor es la cosa más clara de este mundo, y la más extraña también, escurridiza para muchos seres de este sofisticado tiempo.

“Hoy tuve un sueño en esta loma”, repitió el niño; y sonrió resplandeciente como el sol. “Tú eras ese sueño, que yo reparto en los corazones preparados para verlo; así, poco a poco, yo voy reuniendo los amigos de mi reino, y te estoy agradecido por haberte encontrado en este sitio.” Y entonces el hombre bajó de allí transfigurado, a repartir, desde ese día, con la mirada iluminada, la paz entre los suyos.

Publicado por Alfonso José Luna Geller en viernes, diciembre 23, 2011

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