CUANDO EL TIEMPO SE DETUVO EN POPAYÁN
Sábado 26 de noviembre, 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, pintor, escritor, poeta, en su fantasía
"6 a. m."describe los momentos durante los cuales el tiempo se
detuvo en la ciudad de Popayán y utilizó como escenario los
lugares típicos de la parte sur del Parque de Caldas, el Hotel
Lindbergh, la Foto Vargas..

Cordialmente,
***

6 a. m.
Por: Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Publicado por Alfonso José Luna Geller
en jueves, noviembre 24, 2011


Él había llegado a la ciudad un sábado de julio, en la tarde. Se había alojado en el Hotel Lindbergh de la esquina, y estaba dispuesto a esperar el gran evento. Al frente había visto el templo de Santo Domingo con sus altares de una época devota. En el atrio, unos estudiantes se sentaban en la pila; platicaban con el maestro, un hombre en silla de ruedas, muy respetado en la ciudad. Y en la noche se había acomodado por largo rato en el comedor del Lindbergh, pero no se había hecho servir nada; estaba absorto contemplando una pintura, una panorámica de la ciudad, magnífico óleo, firmado en una esquina: Luis Carlos Valencia G. “Daría cualquier dinero por hacerla mía”, pensó. Pero él no había venido ese día de 1960 a buscar obras de arte, sino a esperar el gran evento.

Al día siguiente, domingo, había madrugado bastante, como era su costumbre. “Hoy es domingo, séptimo día, 7 del séptimo mes”, recordó; e hizo cábalas: “séptimo mes de 1960: 1+9+6+0 = 16; 1 + 6 = 7”. Perfectamente tranquilo, estaba convencido que ese día sucedería el gran evento; y salió bien temprano a mirar un poco la ciudad. Se sentó en una de las bancas del parque; al frente, la Torre del Reloj mostraba la dignidad serena de un monumento antiguo.

 Su reloj marcaba las 6 a m. Se levantó, dirigió sus pasos a la catedral, y entró. Ya había algunas señoras ataviadas con pañolón esperando el servicio religioso; entonces vio los cuatro evangelistas de la cúpula; le dijeron que habían sido pintados por un maestro de la ciudad, don Adolfo Dueñas, personalidad versátil, que también había reconstruido la cúpula con verdadera maestría.

 Los cuatro santos parecían cuidar la penumbra del templo, y él quiso adivinar en ellos algún gesto premonitorio, pero todo le pareció normal. El tiempo seguía marcando las 6 de la mañana. Entonces salió de allí, y miró con desdén el aviso luminoso en movimiento en el almacén de Ángel Mejía, esa mujer lavando la ropa; simplemente le pareció un exabrupto en medio de esa plaza colonial.

 Después, desde la esquina, divisó la “Foto Vargas”, donde le habían dicho que hacían las mejores fotos de la ciudad, y al frente el “Almacén Mugrabi”, donde vendían el mejor surtido de telas de la época. “Pero, ¿para qué registro yo estos nombres?”, recapacitó; “en pocos minutos a lo mejor todo deja de existir y nada de eso importará; todos seremos un cero en la memoria…y los códigos eternos iniciarán una nueva historia…”

Sin embargo, él no tenía miedo; había desarrollado cierta serenidad a toda prueba, y sus amigos de la cofradía misteriosa compartían con él sus convicciones para ese día. Hacía bastante frío, aun con las manos dentro del pesado abrigo; y al soplar, el vapor salía de su boca como un esquivo humo que se perdía a la altura del sombrero gris.

En esas, un desfile religioso de colegiales, niñas y niños uniformados, se acercaba lentamente por la calle 4; estaba liderado por algunos religiosos, y entonaban un lamento: “Madre mía, que estás en los cielos: envía consuelo, a mi corazón…” Repetían con ritmo lastimero toda esa salmodia una y otra vez, mientras algunos pendones con consignas sagradas ondeaban en el aire. Se sentía cierta rigidez por la solemnidad, y la gente observaba con semblante serio y atento.

 Él sacó de su bolsillo un reloj de cadena y miró: 6 a.m. La procesión duró una media hora, y después él entró al Café Alcázar; el murmullo de las voces se mezclaba con el golpeteo de las bolas de billar, mientras él, solo en una mesa, esperaba pacientemente, saboreando un tinto delicioso. Le pareció extraño que a esa hora ya estuviera abierto ese lugar, y los señores se hundían en sus coloquios habituales. El reloj de la pared indicaba las 6 a.m; sin embargo, su paciencia persistía a toda costa, a pesar de que desde hacía más de dos horas, quizá tres, ¡todos los relojes marcaban las 6 de la mañana!

A veces el tiempo no transcurre, sobre todo cuando nos atormenta una espera urgente, cuando queremos se nos libre de una situación acuciante, dolorosa, o cuando insistimos con ansiedad que venga rápido lo que estamos deseando. Pero, aquel día, ese no era el caso; él esperaba con perfecta tranquilidad que llegaran las 7 de la mañana: a esa hora comenzaría el juicio universal.

 Lo habían pronosticado sus minucias cabalísticas, y cada uno de los siete compañeros de la cofradía misteriosa había escogido una ciudad en el mundo para esperar el gran evento. Sin embargo, en la ciudad blanca, ese día anhelado, el tiempo se detuvo a las 6 de la mañana.


Publicado por Alfonso José Luna Geller en jueves, noviembre 24, 2011 0

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