EDGAR OREJUELA JORDAN 
Miércoles 26 de octubre, 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, nos ha informado del fallecimiento del Poeta caucano, nacido en Popayán, Edgar Orejuela Jordán, (1917-2011) noticia que entristece a su familia, amigos del poeta, los que admiran su obra. Nuestros sentimientos de pesar y condolencia para su familia.

Articulo de Gloria Cepeda Vargas (agosto 7, 2005): http://pachajoa.110mb.com/ore.htm

Cordialmente,

***

MURIÓ EL POETA EDGAR OREJUELA JORDÁN
Por Rodrigo Valencia Quijano.
www.rodrigovalencia.net
Popayán, octubre 26 de 2011.

AMIGOS:

Esta mañana, a los 95 años de edad, murió el poeta payanés Edgar Orejuela Jordán. No tengo una semblanza biográfica suya, y entonces comparto nuevamente con ustedes un escrito que publiqué hace dos meses en Proclama del Cauca, acerca de un poemario suyo, LLAMARADA, como homenaje póstumo.

Mis sentidas condolencias a toda su familia y amigos. RVQ.
sábado 13 de agosto de 2011

“LLAMARADA”, DE EDGARDO SORIA
Por Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

Los baúles son como los libros: cuanto más viejos, más interesantes, con la diferencia de que los libros muchas veces se quedan esperando al lector que nunca llega. Pero entonces se solaza uno cuando encuentra la sorpresa: “Llamarada”, dedicado y firmado por el autor, Edgardo Soria (Edgard Orejuela Jordán), editado en Bogotá, en 1960, con carátula de Hernando Arboleda Ayerbe. Maestro del buen decir, de las cadencias, ritmos y rimas que ya no tienen eco en nuestros días, pues el quehacer poético se alindera en otros cánones, inquietudes, propuestas y exigencias en la búsqueda de nuevas definiciones estéticas.

No soy comentarista de poesía, no conozco ese talento; pero como alguien que oye una música lejana y deja que ello impregne el alma, creo que la franqueza confesional del autor en esta obra es, sin duda, la sencilla virtud de sus palabras, la equidistancia entre una fina sensibilidad y la subjetividad que fabula. Se entra de lleno en un deambular suave; parece que el piso estuviera tapizado por alfombras leves, toques espirituales de una música dulce, giros alados por los trances de la imaginación. Allí resuenan tonos en clave menor: “Tal vez ha mucho tiempo, / quizás cuando eras niña, / en los lagos azules / ibas adivinando / mis pupilas inquietas.” O en tonalidad mayor: “Hoy eres rosa viva / de pétalos abiertos / ante la luz del día.” En bemoles: “Eras frágil y leve como la flor de los abetos. / Una languidecencia triste tu humanidad portaba.” O en sostenidos: ”La duquesa era hermosa. La duquesa atraía, / su nombre era algo extraño, era algo singular; / era hecha de suspiros como la flor de un día / por eso la llamaban de la MELANCOLÍA”; aquí en diminuendo y bemolizando hasta “melancolía”, como en cuento de hadas o leyenda de Rubén Darío, como en terreno donde priman estaciones de la fantasía.

Así son las palabras de nuestro poeta, Maestro Edgard Orejuela Jordán, ahora ataviado para la estación de invierno; natural de Popayán, cuando Popayán era Popayán, cuando la fragilidad del verso era flor, gozo sutil: “Entrecortada primavera / ¡Oh madurez sentimental! ¿Era mujer o era milagro? / Eso lo sabe sólo el mar…” Son limaduras del verso, insinuaciones de una y mil escalas por donde sube y baja la trashumancia del lector, desplegadas en cinco partes: I Amor, II Sonetos, III Poesía sin nombre, IV Cartas y V Divagaciones.

Esta “fuerza del anhelo por alcanzar la lumbre” es el ángel a despejar en cada línea, en cada poema con su utopía sentimental, linderos donde se confunden la visión futura y el pasado, la alegría y la tristeza, el amor y las reflexiones intimistas. La existencia confiesa muchos visos en esos pliegos; andan buscando una razón, algún consuelo, una explicación para el naufragio o un agradecimiento para los labios del alma. Los númenes y el resplandor dictan las palabras, aminoran el peso de la conciencia inmersa en lo cotidiano oscuro, y entonces la adelgazan al tenor de las revelaciones.

Quizás deba aclarar aquí lo que entiendo yo por fabular: deslimitar de la manera más surrealista posible los códigos de la imaginación; anular los proverbios de la logicidad; precluir los improperios de la razón; urgir la infinitud y anatematizar la realidad; hacer probables la latencia, la cara oculta de las cosas; descontextualizar las palabras con el silencio y explosionarlas con vocablos nuevos; mistificar el código civil, convertir el agua en vino, congelar el sol e incandescer la luna; hacer volar el árbol y petrificar el pájaro; licuar la piedra y solidificar el viento; caminar por el aire y volar dentro de la tierra; cantar al sordo y hacer ver al ciego; alucinar el tiempo, cuadraturar el círculo, elevarse hacia lo bajo y bajar a las alturas, instantaneizar mil años y escribir “cien años de soledad”…

El arte y la poesía “revelan la verdad del ente”, según Heidegger; pero también superan su capacidad, alborean en lo improbable, desmienten la carga que lidera el destino, son trance para insinuar otra realidad. De ahí que las damas que pueblan estas páginas “—presencia de mujer en mi escritura—”, reales, ideales, sublimes o de carne, revelan allí un rostro jovial que no envejece; y el poeta no hace más que avizorar sus dramas en el tiempo de este tiempo, y de allí surge la nostalgia que eterniza las historias.

Publicado por Alfonso José Luna Geller en sábado, agosto 13, 2011
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Etiquetas: Rodrigo Valencia Quijano


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