MI SEGURO DE VIDA
Sábado 1 de octubre, 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
mariopbe@gmail.com

Amigos:

Rodrigo Miranda Cabana, oftalmólogo, nos ha enviado uno de sus
cuentos, que lo transcribimos en esta ocasión, con nuestros agradecimientos.

Cordialmente,

***
MI SEGURO DE VIDA
Cuento
Por Rodrigo Miranda Cabana, MD.

No volví a verlo después de la única visita que le hice en el sanatorio de enfermedades crónicas, donde meses antes lo habían recluido. Valió entonces la pena haberlo visitado porque desde ese momento tuve de él un recuerdo amable, que no tenía antes.

El día que lo conocí su actitud era tan desafiante que a los pocos minutos de haber ingresado a mi despacho dudaba si había hecho bien en haber autorizado a mi auxiliar a recibirlo. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando el anciano, después de un tenaz forcejeo con la empleada, entró precipitadamente a mi consultorio de médico precedido de la muchacha que trataba inútilmente de obstaculizar su entrada. Era un anciano espigado, de piel trigueña y el cuello rígido como una tabla. Su mirada, incierta y a la vez retadora, se perdía entre las luces fluorescentes del techo del recinto.

- Por favor, siéntese, le dije, señalándole una silla, y con un gesto imperceptible de la mano le indiqué a la auxiliar que no se retirara.

- Gracias, pero prefiero estar de pie, respondió de manera altanera.

- Bueno, como usted guste, pero dígame en que puedo servirle.

- Es un asunto privado, dijo, mirando de refilón y con recelo a la muchacha y enseguida, la puerta del consultorio que aun permanecía abierta. La empleada lo miró perpleja, luego a mí y salió del despacho cerrando la puerta de un golpazo, contrariada por mi displicencia.

- Entonces, dígame – sugerí.

- Me llamo Marco Antonio Trespalacios. Usted quizás no me conoce, pero yo a usted si, y mucho mas de lo que se imagina, pues da la casualidad que soy pariente de su esposa Domitila. Pariente lejano, pero, en fin, pariente como lo es uno de casi toda la humanidad sobretodo cuando se averiguan y coinciden los apellidos, y esa circunstancia me ha dado valor para entrevistarme con usted, señor doctor…

Calló por un instante y me miró fijamente esperando que yo hablara. Su rostro sombrío enrojeció un poco en las mejillas y puso sus manos temblorosas sobre el espaldar de la silla.

Bueno, es cierto, yo no lo conozco a usted, pero algo sabía de ese parentesco y me da gusto conocerlo y que me haya visitado. Si usted ha venido a que lo consulte no hay ningún inconveniente, siempre y cuando… (Iba a decirle siempre y cuando vuelva a la sala de espera y espere su turno, cuando él me atajó).

- No, no se trata de eso. Se trata de algo muy distinto. Por eso no quería venir… Es un favor que le voy a pedir…

El anciano dio un paso adelante, corrió la silla hacia atrás y sin dejar de mirar las luces de neón se sentó en ella con el cuerpo rígido, las manos sobre el regazo y las piernas cruzadas. Aproveché para observarlo con detención: tendría unos sesenta y cinco años, de aspecto mestizo, la piel de su rostro lisa, sin arrugas, y los rasgos en general bien definidos. Sus ojos grandes y oscuros miraban obstinadamente las luces del techo quizás por la rigidez del cuello que le inclinaba un poco la cabeza hacia atrás dando la impresión de que estuviera defectuosamente incrustada en ese cuerpo grande y esbelto, que debió ser atlético en su juventud. El viejo percibió que lo detallaba y dijo con un susurro: - Fue un accidente en mi juventud…me quebré la columna cervical.

Entonces lo afané: - A eso vienes, ¿no?

- No, nada, yo no he venido a consultarlo para eso. Lo que pasó pasó, y así he vivido toda mi vida conforme con mi defecto, mirando siempre hacia arriba, esculcando las estrellas del cielo. Le estaba contando lo del parentesco con Domitila. Mire, doctor, es cosa de abuelos comunes, remotos, yo no sabría explicarle quienes eran ni como se llamaban y creo que ella tampoco, pero existe de todas maneras esa afinidad familiar y por tal motivo he venido resuelto a proponerle un negocio. Mejor dicho, a Domitila, pero no me gustaría hacerlo sin su consentimiento.

El anciano hizo una pauta que yo aproveché para ofrecerle una taza de café que el declinó sin darme las gracias.

- Vea – dijo, pausadamente, - yo soy propietario de una casita donde vivo actualmente. No es gran cosa, pero es mía y la conservo desde hace muchos años. Yo vivo solo. Hace muchos años me separé de mi mujer y de mi familia y ellos no saben de mi ni yo de ellos. Creo que ni siquiera saben que yo existo. Pero, bueno, no quiero cansarlo con desagradables detalles, lo cierto es que vivo solo en mi casita y por un mal negocio que hice ese único patrimonio está comprometido en un embargo. Solo se salvaría si dispusiera de una fuerte suma de dinero para responder a mis acreedores y yo no la tengo…

-¡Ah! Entonces usted viene a proponerle a Domitila que le facilite ese dinero – le interrumpí, poniéndome a la defensiva.

- Se equivoca una vez mas, señor doctor. No he venido a pedir limosnas a usted ni a su mujer. Le ruego me escuche primero y luego cuando termine haga las preguntas y comentarios que crea pertinentes. Mire, doctor, mi casa será embargada en el transcurso de estos quince días y yo me veré obligado a salir de ella y vivir en la calle. Yo dispongo de pocos recursos económicos, vivo de una modesta pensión del Estado que apenas me alcanza para comer, no para pagar un arrendamiento. Tendría que vivir en la calle o arrimado a un amigo y la verdad es que no los tengo, cuando mucho conocidos...

Iba a interrumpirlo de nuevo para preguntarle si lo que quería entonces es que le diéramos posada al perder su casa, cuando me acordé de su perentoria exigencia de no interrumpirlo. Tosí disimuladamente y asentí con la cabeza para que continuara.

-Yo he pensado – dijo, después de una breve pausa - escriturarle mi casa a Domitila.

- De ninguna manera, le respondí, nosotros no tenemos el dinero para adquirir otra casa. No estamos interesados.

- No, noo – dijo histérico, casi gritando - yo no he venido a venderle mi casa, solo a proponerle que acepte que se le escriture a su esposa. ¡Y nada más!

- ¿Nada más? ¿Así no más, sin ninguna contraprestación?

- Así no más y sin contraprestación alguna, amigo, dijo, desahogándose. - Al escriturar la casa a Domitila no hay embargo y si no hay embargo se salva la casa y si se salva la casa yo no quedo a vivir en la calle. Así de sencillo, doctor. ¿Ahora si me entiende?

- Si le entiendo, pero de todas maneras podría perder su casa al escriturarla a una tercera persona, sea quien sea, llámese como se llame.

- Eso es cierto, pero lo tengo previsto, doctor. Mire, yo estoy viejo y muy enfermo. Me queda poco tiempo de vida. Traspasar la casa a Domitila es como adquirir un seguro de vida. Yo se quien es usted y quien es Domitila y estoy seguro que usted ni ella me sacarán de mi casita antes de que muera. Si esta misma propuesta se la hiciera a mi ex mujer o a mis hijos, con toda seguridad que en menos de una semana estaría en la calle, abandonado como un perro. Con ustedes no existe ese peligro porque estoy seguro que no la necesitan, porque se que tienen buen corazón y que no tienen motivos para odiarme…

- Marco Antonio, lo volví a interrumpir, veo que usted confía ciegamente en la bondad y honradez mía y de mi mujer, y se lo agradezco, pero ¿debemos nosotros confiar en las suyas? Recuerde que apenas nos estamos conociendo y es natural que tengamos nuestros recelos: no todos los días se recibe una casa regalada. ¿No será que este asunto nos irá a traer problemas en el día de mañana?

- En absoluto, no hay nada que temer. Tienen que confiar en mí tanto como yo confío en ustedes. Mañana mismo haré las vueltas del traspaso.

Cinco días después se presentó de nuevo a mi oficina. Su natural comportamiento hosco y la extrema pobreza de su ropaje no eclipsaban la expresión radiante de su rostro. – Dígale a Domitila que pase a la Notaria a firmar las escrituras - dijo, y se marchó sin despedirse.

Pasaron cuatro años para que volviéramos a saber de Marco Antonio. El se había encargado de pagar religiosamente los impuestos de la casa y de no ocasionarnos molestia alguna. Inclusive Domitila y yo habíamos olvidado el asunto. Tal vez en alguna ocasión habíamos recordado a Marco Antonio como el pintoresco personaje de un simpático suceso anecdótico que fácilmente podría olvidarse si no fuera porque teníamos conciencia de que Domitila estaba involucrada como propietaria de una casa de la que ni siquiera conocíamos la dirección. En esa ocasión le pregunté a Domitila si no sería el momento de buscar a Marco Antonio y devolverle su casa, escriturándosela de nuevo.

-Si la necesitara, ya habría venido a fregarnos la vida, me respondió.

Cuatro años después, un día sonó el teléfono de la alcoba en las horas de la madrugada. Era la policía que preguntaba por Domitila. Le dijeron que a la sala de urgencias del Hospital Regional habían llevado a un anciano que había permanecido inconsciente durante tres días tirado en el piso de la sala de su casa. El único dato que tenía la policía además de su identificación era el teléfono de nuestra casa escrito en lápiz rojo en la primera página de una desbaratada libreta de direcciones, llena de incomprensibles jeroglíficos y arcaicos signos de escritura antigua. Domitila acudió al Hospital y encontró a Marco Antonio postrado de un severo ataque de apoplejía que le tenía paralizado la mitad del cuerpo y sin habla. Luego de reconocerlo y de dejarlo al cuidado del Seguro Social autorizó para que lo trasladaran a la ciudad capital para que recibiera el tratamiento adecuado para su grave enfermedad.

Un mes después supimos que había sido recluido en un sanatorio de enfermos crónicos en una pequeña población de la sabana. Fuimos a visitarlo. Llegamos al lugar con mucha dificultad. Atravesando los extramuros pantanosos del pueblo, logramos llegar a una modesta casa de adobe y techos de tejas de barro donde alojaban a un puñado de ancianos decrépitos con enfermedades incurables. Marco Antonio había envejecido notoriamente, pero su rostro limpio y recién afeitado denotaba una paz y tranquilidad celestial. Nos saludó serio con gestos y señas y cuando trató de hablar salió de su garganta una sarta de palabras incoherentes que no correspondían el querer de su pensamiento, como si lo hacían sus grandes ojos oscuros y luminosos. Me acerqué a él y le dije al oído que veníamos a saludarlo, que le traíamos algunas cosas de comer y que estábamos dispuestos a devolverle su casa a la hora que él quisiera para que ahora que estaba en dificultades económicas pudiera venderla sin ningún problema. Me miró extrañado, alzó levemente los hombros, llenó los pulmones de aire, hizo una mueca con la boca torcida y lanzó un monumental rugido de rechazo que daba a entender un rotundo no, o un definitivo y ya para qué.

Ocho días después recibió Domitila una nota de la enfermería del Sanatorio donde le informaban que Marco Antonio Trespalacios había fallecido en paz dos días antes y sus restos, según sus instrucciones, habían sido sepultados en tierra sagrada, sin lápida alguna, en el cementerio pobre del pueblo. Que no se preocupara porque el Seguro se había hecho cargo de todos los gastos del sepelio. Nunca fuimos al cementerio pero recuperamos su libreta de apuntes, y por ella supimos, traducidos los jeroglíficos por expertos funcionarios de la embajada de Egipto, que al morir no dejaba ningún bien terrenal y solicitaba que no se molestaran en buscar y comunicar se deceso a familiar o allegado alguno, porque nunca los había tenido.


RODRIGO MIRANDA CABANA

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