ASUNTOS SEMANASANTEROS
Viernes 29 de julio, 2011
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
mariopb@comcast.net
 

Amigos:

César Reinaldo López Campo, crlc69@hotmail.com, Síndico del paso del Señor del Perdón de la Semana Santa de Popayán, Colombia, nos ha enviado la siguiente comunicación que la reproducimos textualmente,

Cordialmente,

***

Bogotá, 26 de julio de 2011
Excelentísimo Señor Arzobispo
IVÁN ANTONIO MARIN LÓPEZ
Señores Curas Párrocos
Junta Permanente Pro Semana Santa
Síndicos y Cargueros de las Procesiones
Comunidad Semanasantera de Popayán


El propósito primordial de esta carta es invitar a todos los actores de nuestra bella tradición a la reflexión.
Hacemos parte de una tradición que se ha tratado de mantener en el tiempo, a pesar de guerras, de nuevos movimientos religiosos, del atropellante modernismo y de un sin número de factores que hoy nos muestran un mundo decadente en sus valores, materialista, donde la fe ha pasado a un último plano.
Las procesiones de semana santa se distinguen por ser patrimonio inmaterial ante el mundo, y éste es precisamente el más preciado recurso, su gente, sus costumbres, su tradición oral en el tiempo, su fe, su convicción y su capacidad para aunar esfuerzos en pro de la catequesis de una procesión.
La fortuna de manejar un paso en mi familia y como muchas de las cuales hoy son síndicas, proviene de dos generaciones que se encargaron en los años 30 de recuperar y rescatar los paramentos, que habían sido despojados en las guerras civiles con el permiso de la Iglesia o de las nobles familias que habían donado estas joyas a la ciudad; mucho antes de que la Junta Pro Semana Santa se creara.
Nuestros abuelos hacían parte de una clase trabajadora, que no ostentaba títulos, eran artesanos, técnicos o profesionales; cuya mayor fortaleza era su fe católica, el amor por una ciudad que comenzaba a cambiar. El ser síndico no significaba ser potentado o influyente, ellos, si no poseían los recursos, organizaban actividades como banquetes, bingos, rifas, que sumadas a colectas en los diferentes barrios y a recursos propios conseguían embellecer el tesoro encomendado por la Iglesia. Nuestros padres y tíos los sucedieron de la misma forma, ayudados en muchos casos por la Junta, y el Clero respetó esta bella herencia siempre integrado a todos los actores de la semana santa.

Tuve la fortuna de heredar en el año de 1994 el Señor del Perdón; mi padre me delegó su tesoro más grande, y cuando afirmo que lo heredé, no me considero dueño material, lo considero un patrimonio espiritual donde confluyen la fe inquebrantable de un abuelo humilde y trabajador y el gran esfuerzo y dedicación de un padre ejemplar, que desde niño me enseñó a valorar a la gente por su talento y conocimiento y nunca por su capacidad económica.
Lo bello de cargar es precisamente sentir que todos somos iguales, la humildad pasa al frente, somos penitentes, somos creyentes y caminamos por las mismas calles siguiendo los pasos por muchos siglos de la eterna procesión. Dios se manifiesta en un esfuerzo colectivo.
Hoy en el siglo XXI, tengo que reconocer que la gente no va a alumbrar fervorosamente, el silencio sacro no reina en la procesión, y la vanidad se ha apoderado ante el reconocimiento mundial, y el oportunista quiere tomar parte del trabajo de muchos años de familias consagradas a preservar este bello tesoro.
La Junta ha sido una institución que ha trabajado constantemente por la organización de las procesiones y la consecución de recursos por parte de los entes privados y públicos. Lamentablemente su estructura orgánica, su conformación actual, se da por la cooptación donde gran parte de sus miembros se nombran y destituyen entre sí, y dejan cuatro cupos por elección democrática a síndicos, cargueros, decanos y regidores, cupos que no representan mucho en momentos de verdad.
Durante varios años he sido testigo de grandes logros de la Junta como reconocimientos a nivel mundial, Hermandades con otras ciudades, la celebración de los 450 años, encuentros de Cofradías, exposiciones a nivel nacional, restauración de nuestro patrimonio, pero también he sido testigo de la terquedad y renuencia de gran parte de sus miembros a cambiar la forma de organización y de dar participación a todos los síndicos y cargueros como asamblea o base social de la organización de las procesiones.
También tristemente se han generado cambios abruptos de sindicaturas, sin darle la posibilidad a las personas afectadas de argumentar y defender este patrimonio sentimental, marginando a familias enteras de seguir participando de nuestras tradiciones. He sido testigo silencioso de nombramientos de síndicos por cinco años, a vástagos cuyas familias han manejado por cincuenta, sesenta y hasta ochenta años.
Pareciese que el capitalismo salvaje hubiera sentado sus bases en nuestra tradición, y lo más triste la junta guarda silencio; y quienes llegan a ser síndicos son o sus miembros, o gentes que han dado aportes económicos; atropellando la fe y los sentimientos y la riqueza espiritual de quienes han manejado por muchos años los pasos.
Quiero invitar a todos los actores a revisar sus decisiones, sus procederes, sus voluntades, sus sentimientos y hasta su fe; por qué no volver a cargar como lo hacían nuestros tatarabuelos con el rostro cubierto para de una vez por todas desterrar la vanidad de nuestras procesiones, que las sahumadoras sean las niñas de mejor desempeño académico, vocacional y artístico en los colegios católicos y no las reinas, modelos o señoritas que muchas veces no saben qué papel desempeñan en los desfiles religiosos, marginar de la organización todo interés individual y toda intención arrogante, donde se trabaje primordialmente por objetivos comunes.
Por qué no integrar en una sola colectividad LA JUNTA, todas las intenciones y voluntades de la Iglesia, y no solo de síndicos y cargueros, sino de toda una sociedad que se margina por no sentirse invitada; por qué no ser más cristianos católicos y por ende llegar con el pan o el alivio a gentes desfavorecidas y mostrar nuestra caridad y bondad cristianas ejemplarizantes; por qué no dejar que las familias conserven el legado ancestral y que ellas decidan en conjunto con nuestros líderes espirituales una sucesión sin traumatismos y se respete la memoria y el trabajo de nuestros abuelos y padres.
Despojémonos de orgullos, de vanidades y de egoísmos que muestran una faceta nada católica a nuestros hijos, evolucionemos y no repitamos la triste historia esclavista que narra el escritor payanés Víctor Paz Otero en su libro Entre encajes y cadenas: La religión les carcome y les alimenta las entrañas. Supuestamente aman a Dios y al rey, mientras desprecian y abusan de los hombres: son piadosos. Comulgan y hacen innumerables procesiones. Pasean a un Cristo amoratado, un Cristo lívido, un Cristo lacerado y humillado por cuyas heridas mana sangre y cuya sangre se matiza con finos terciopelos. Solemnes, majestuosas procesiones. Liturgia metafísica que exalta y enmascara el sufrimiento. Ritual de grises y de sombras. Fiesta nocturna, nochemente profunda y espectral, exorcizante. Su Dios es triste. Un Cristo que siempre está muerto y nunca resucita. Pero ellos nunca han entendido la metáfora. Su religión, como sus fachadas blancas, como su fe, como su vistosa y ostensible devoción, son artilugios y argucias de la forma. Máscaras de engaño y simulacro para ocultar y hacerle trampas a la vida verdadera…
El futuro de nuestra tradición está en nuestras manos, IGLESIA (Clero, Junta, Síndicos, Cargueros y toda la comunidad payanesa). Que la Junta sea la casa de todos, donde trabajemos con fe por un mismo norte.

Atentamente

CESAR REINALDO LÓPEZ CAMPO
Síndico del Señor del Perdón

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