APOTEOSIS DE POPAYÁN
Lunes 17 de mayo, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano en su articulo "Apoteosis de Popayán" se refiere
al famoso mural del Maestro Efraím Martínez Zambrano (1898-1956) que se
exhibe en el Paraninfo de la Universidad del Cauca en Popayán.
El cuadro puede admirarse en la página Web de Rafael Tobar Gómez:

    http://www.rtspecialties.com/tobar/conex1/apoteosis.jpg

Cordialmente,

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APOTEOSIS DE POPAYÁN
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Norte


Hablar del cuadro del maestro Efraím Martínez puede resultar redundante para un público que, de sobra, lo conoce y reverencia en el recinto del Paraninfo de la Universidad del Cauca, donde, desde su génesis, ocupa el frente principal a manera de un mural sobre lienzo.

Puede uno mirar cómo, obedeciendo a razones de linaje renacentista-clásico, predomina allí el uso central de la perspectiva como escenario cúbico-visual, donde se sitúa la historia de la ciudad: todos los recursos del poder del centro iluminan con convicción académica la solución compositiva, mientras los personajes representados pueden ser reconocidos uno a uno bajo el rigor evocador de la paleta.

Una línea vertical de fuga la marca la cruz que lleva un misionero en el centro del episodio; gira ligeramente hacia la izquierda, sube al nivel de la Ermita, y después en dirección al antiguo templo de Belén, punto focal por excelencia, desde donde la mirada observadora viaja al espacio geográfico que asciende paulatinamente hacia el volcán.
Tres secciones dominan horizontalmente la idea compositiva, delimitadas por la cumbre de la cordillera en la parte superior, y por la línea que coordina el ordenamiento de los personajes en la parte media. La solución de horizontalidad domina en toda la obra a través de estas secciones, que se cortan en regla de oro con la verticalidad de la Torre del Reloj. Allí domina la plaza central con la vista lateral de la catedral y casonas aledañas; nadie podría dudar que se ha construido un emplazamiento colonial para el mito de la historia.

La individualidad de los personajes, tratados con una indudable maestría técnica heredada de maestros españoles, otorga peso aglutinante a todo el evento pictórico, con precisión, orden, medida y disposición; los grupos de damas, indios, esclavos, clérigos, el conquistador español y los ilustres de la ciudad, muestran toda gala de detalles. Se puntualiza un equilibrio de la lógica histórica, en donde cada cual ocupa el lugar que le corresponde; es intención y lealtad al principio del orden armónico; la normatividad académica persiste en este cuadro, creado para una ciudad donde se cree y trata de conservar la tradición a toda costa, y donde la historia se ha reverenciado con álgida persistencia.

La contraposición entre la atmósfera tempestuosa de los cielos de la izquierda y la apacible luminosidad y brillo de los cielos de la parte derecha, constatan la capacidad de síntesis imaginativa del artista, quien así ha equilibrado magistralmente órdenes y razones opuestas en un espacio de interacción común. La luz centelleante que lleva en sus manos la figura de la Tempestad irrumpe con protagonismo simbólico, en directa diagonal con el grito libertario del gorro frigio levantado verticalmente hacia el tercio derecho, atenuando la procesión horizontal de los personajes.
Hay belleza, simbolismo, reflexión, anécdota y oficio al máximo en esta pintura de dimensiones muralísticas; todo confluye en unidad en esta proeza del pintor Martínez, quien prácticamente dominó el panorama pictórico de la primera mitad del siglo XX en Popayán. Los varios años que dedicó al logro del cuadro, los bocetos y estudios previos existentes, dan fe de un trabajo ordenado, insistente y de consistencia perdurable. Armar una obra de esta naturaleza era, sin duda, un reto para emular la eternidad; la historia se formaliza allí como rigor dignificante y persistencia de acontecimientos enaltecedores.

Las losas del primer plano nos introducen a un lugar donde la belleza de los atardeceres, la sinuosidad de los montes, la variedad de las razas y caracteres, formalizan una escena que idealiza al Popayán que todos quisieran ponderar; y se ilustra la mirada del observador a partir de reminiscencias del poema del maestro Guillermo Valencia. Don Quijote, junto al imponente árbol de la izquierda, adorna una leyenda que todo payanés quisiera fuera cierta; es la genuflexión que la cultura de la época rinde como admiradora de símbolos poéticos; la villa de los vates, liderada por Valencia y Maya, guarda en ese entonces el secreto de los sueños.

Un hado de leyenda se hace patente en todo el cuadro; la arcaica sensación de mirar el pasado épico quiere iluminar el panorama del futuro; y la calle central de la ciudad se aleja con cadencia señorial, como pintan los soñadores de leyendas, cuando el alma ha sido atemperada por la fruición y el espectáculo de lo noble.

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