VENDEDORES INFORMALES EN POPAYÁN.
Lunes 5 de abril, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

María Juliana Legarda V., relata las huellas de Alirio Tosne y Blanca, vendedores
informales en la ciudad de Popayán. El articulo completo se puede leer en:

http://www.elliberal.com.co/index.php?option=com_content&task=view&id=21789&Itemid=87

Cordialmente,

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Tras las huellas de un vendedor informal
Escrito por María Juliana Legarda V..
Politóloga Universidad del Cauca.
Exactos.
Domingo, 04 de abril de 2010
El Liberal.

Alirio Tosne un hombre de 49 años proveniente de San Joaquín, El Tambo, llegó a Popayán luego del terremoto de 1983, buscando nuevas posibilidades de hallar vivienda y oportunidades laborales. Tiene una esposa que ocasionalmente se emplea en servicios domésticos, una hija de 16 años que está cursando su último año de bachillerato y un hijo de 18 años, que actualmente se encuentra desempleado. Alirio desde hace un par de meses se desempeña como vendedor informal en el centro de la cuidad, luego de dedicarse por 26 años al oficio de la construcción.

“Desde que yo llegué a Popayán he trabajado en la construcción, pero la situación ahora está difícil y ya no se consigue nada”, asegura. Ahora trabaja con un carro de madera en el que vende dulces y minutos a celular de 7:00 de la mañana a 6:00 de la tarde de lunes a viernes y los sábados de 7:00 a. m a 12:00 del medio día.

“Cuando hay movimiento, se queda uno hasta las 2:00 de la tarde, si no sólo hasta el medio día” dice el comerciante informal, cuyo aspecto humilde no demuestra mucho y a primera vista su rostro parece expresar la tranquilidad con la que habla y la paciencia con la que atiende su negocio. Sin embargo, al ahondar en su mirada se percibe cierto aire de desilusión, quizá por no contar con los recursos suficientes para brindarle a su familia todo lo que él quiso darles desde el mismo momento en que llego a la ciudad.

Su jornada

El día de Alirio comienza desde muy temprano. Antes de las siete de la mañana sale en su bicicleta desde su casa en el barrio Las Palmas hasta el centro; la deja en el parqueadero donde guarda el carro en el que transporta la mercancía, pagando 14 mil pesos mensuales por dicho servicio. Luego se dirige a media cuadra de allí, en la calle 5ª entre carreras 4ª y 3ª, donde ubica el negocio, como lo llama él, y sentado junto a su carro se dedica a atender a los clientes que se acercan constantemente. Al medio día junto a su carro almuerza y continúa con su labor.

Cuando se aproxima el final de la tarde, exhausto y con ganas de regresar a su casa, se dispone a contar el ingreso del día, “las ganancias pueden variar entre los 20 mil y 25 mil pesos, de los cuales hay que sacar entre 10 mil y 5 mil pesos para el surtido diario del negocio” y con lo que le pude quedar libre, debe responder por las obligaciones que demanda su hogar.

Los perseguidos.
Doña Blanca.


Afortunadamente, a Alirio no le sucede como a doña Blanca, una de las tantas vendedoras informales ambulantes que casi a diario son perseguidas por la policía por invadir el espacio público de la ciudad blanca.

Esta aguerrida mujer desde muy temprano sale de su casa ubicada en las periferias del oriente de la ciudad, a vender café y comestibles en una improvisada carriola que ingeniosamente adecuó para transportar su cajón de mercancía de un lado a otro, con el que recorre a diario las calles del centro, en busca de un sitio donde poner su “local”, y tratar de conseguir el sustento de su familia, pese a la oposición de la Alcaldía y de los establecimientos comerciales situados en el sector.

Pero algunos días en los que hay pocos compradores o “días malos en los que no hubo movimiento,” como ella misma los denomina, no alcanza obtener ni 20 mil pesos de ganancia de los productos que ofrece en su carriola. Esta suma debe alcanzarle para cubrir los gastos diarios de alimentación, transporte y arriendo, además cubrir los costos que implican dos niños de 6 y 11 años y una hija de 17 que esta embarazada.

Sin embargo durante más de 4 años este negocio le ha servido para la supervivencia de ella, sus tres hijos y muy seguramente de su futuro nieto. Aún así en la difícil situación en la que vive y en la batalla que libra cada día por sobrevivir en medio de la pobreza y las calles de Popayán, tiene la esperanza de algún día poder atender su propia tienda o restaurante.

LAS TRISTES ESTADÍSTICAS.

Según un estudio de la organización Red Colombia realizado en 2006, en el sector de la Esmeralda, en un día de semana hay generalmente unos 170 vendedores ambulantes. El fin de semana, cuando vienen los pequeños campesinos a vender sus productos agrícolas, el número se eleva a unos 300. La mayoría son mujeres, entre ellas muchas madres cabeza de hogar, algunas viudas y desplazadas por el conflicto armado; incluso se ven niños y ancianos que también buscan un sustento.

En este sentido, la presencia de vendedores ambulantes en el espacio público, obedece a un fenómeno social, económico y cultural, cuya solución no se encuentra en las medidas policivas sino que requiere del compromiso gubernamental, gremial y comunitario para encontrar las soluciones de fondo que deban ser implementadas para conjurar las causas y efectos del mismo.

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