TRES POEMAS EN PROSA
Miércoles 1 de diciembre, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, nos ha enviado "Tres poemas en prosa" que hace
parte de su libro inédito "La muerte no me olvida" y que lo hoy lo ofrecemos a
nuestros lectores. Nuestros agradecimientos al poeta Rodrigo.

Cordialmente,

***

TRES POEMAS EN PROSA
De mi libro inédito LA MUERTE NO ME OLVIDA
Por: Rodrigo Valencia Quijano


1… La muerte no me olvida. Es mi cuerpo esculpido en la oscuridad. No me abandona entre tapiales de risa, deambula por todos mis terrenos, es una carcajada amenazante.
Piedra negra, grita: “Quien cree en ti, Señor, no morirá para siempre”. Entre los juncos, el lago negro nació de su saliva.
Inmensa pregunta sin respuesta, sin columpio, sin lengua para nombrar las estrellas, el aroma de los sándalos o los senos erguidos.
No. No cae en mi alberca sin embargo, memoria embrujada, por días sin cuento ni risas.
…Lamentos entre los astros… donan sus ojos para verme caer abandonado en sus cuencas vacías, en sus brazos desnudos.
…La muerte… “no morirá para siempre”… guía mi barca de Caronte, tiñe mi túnica, mi nube, mi ventana, mi escondite, con múltiples besos de hollín, en el infinito cofre de púas que labró Vulcano con mi nombre arrugado, ojos hundidos y pies de mármol, en los camposantos que llovieron del cielo.

8… En mi cuarto está el árbol de la ciencia. Lo he hurgado. “Ángel mío, protégeme”. Eva huyó, buscó un pantano dónde ahogarse, dónde purgar el pecado de la humanidad.
Ahora admiro el silencio que queda después de destrozar las ansias. Punzo mi cuerpo con espinas de sayal, las manzanas sangran en mis lámparas, desisto de subir hoy al cielo.
Un gato negro repite mi plegaria, los espacios siderales la recogen y la riegan, deambulo en círculos oscuros, la mortaja está ya lista.
Mi piel de cera, amarilla pálida entre leña, es un cajón de diez mil años cuya llave se ha perdido. La comieron los buitres en la noche, armando un ruido nefasto con cada uno de mis nombres.
Sólo veo una sombra en la avenida. Ha quedado impregnada de interrogaciones colgadas en el gancho de las morias. Al fondo, mis huesos esperan ser bautizados.
“Alabad al Señor en su templo”. Canto a la muerte que se acerca. Los desposorios borran las estrellas; el camino es negro, la guadaña brilla en el espejo.

23… Un árbol subía hasta los cielos. Un adolescente de otra época descendía desde él al jardín trasero; cubría las rosas con su canto angélico: “Alzaré la copa de la salvación, invocando tu nombre”.
Y vertía luces iridiscentes entre sus pétalos. Uno a uno cambiaban de color, uno a uno desaparecían del suelo.
Los presagios, las voces del Anciano de los Días, eran ramas cruzadas por leyendas, alas blancas crucificadas en cada hoja.
Su voz inexistía para los vivos, sólo los muertos la oían desde su encierro.
Él invocó toda esperanza, cantó una tonada del olivo: “Rasgad los corazones, no las vestiduras, tu oscuridad se volverá mediodía”; y se despojó de su piel blanca, joven, tersa, de brillos burilados por el sol.
Un eclipse se asomó en el lago, soplos fulguraron en sus ojos. La vida dejó arrimada al río, junto a los peces que hablan del misterio, secretísimo hasta para los astros mordidos por el cielo santo.

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