EL BRUJO
Sábado 30 de octubre, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

En la noche del 31 de octubre se celebra en forma masiva en USA, debido al enorme despliegue comercial y de publicidad,  la Noche de las Brujas (Halloween) desde 1840 cuando los inmigrantes irlandeses la introdujeron y era una fiesta creada por los antiguos celtas de Galia y las Islas Británicas; de eso hace más de ¡2.200 años!.

En USA, a las entradas de las casas, se encuentra una serie de calabazas ahuecadas que tienen su origen en la leyenda Celta sobre Jack el Tacaño y Satanás. Debido a su rivalidad, Jack fue condenado por el diablo a andar errante por los caminos, después de su muerte, pues no fue aceptado ni en el infierno ni en el cielo, con un nabo (ahora una calabaza) con un hueco y carbón ardiente adentro para iluminar su eterno viaje.

En la noche del 31 niños disfrazados ingeniosamente y generalmente en grupos, visitan cada casa y a la persona que abre la puerta le dicen que si no les dan dulces o golosinas, las asustan. ( “trick or treat”).

* Rodrigo Valencia Quijano, payanés, poeta, escritor, columnista, nos ha enviado su cuento "El Brujo" que transcribimos en el día de hoy. Nuestros agradecimientos a Rodrigo por compartírnoslo.

Cordialmente,

***

EL BRUJO
Por: Rodrigo Valencia Q
Ilustración: plumilla de Rodrigo Valencia Q


Le encantaban los relatos de brujas, duendes, aparecidos y demás seres extraños, y conocía todas las mitologías del viejo Mundo y del País del sueño. La noche de la fiesta de los niños acostumbraba invitar algunos vecinitos inocentes y los llevaba a su casa solitaria que quedaba cerca al camposanto, y les repartía unos dulces de sabor extraño –los niños decían que tenían un sabor entre azul y violeta–, y luego les mostraba cómo levitaba entre los árboles. Les decía que no tenían por qué extrañarse por esto, pues los niños deberían ser capaces de verlo todo, hasta el espíritu del viento cuando ríe y conversa con el sol, o el soplo de la luna cuando convierte a las ranas de los estanques en sirenitas que bailan la danza de las horas.
 
Quienes habían visto a ese hombre –muy pocos, por cierto– pasar como una sombra en medio de los atardeceres penumbrosos y anocheceres fríos, no recordaban nunca los rasgos de su fisonomía, pero todos concordaban en que su paso era liviano, sus manos huesudas, hombros enjutos y cara cetrina, con ojos medio desaparecidos. Quién sabe; todo era posible en ese ser, que a veces paraba el vuelo de los aviones con sólo mirarlos un segundo, y después los hacía seguir rumbo a la montaña que queda entre los mundos. “Más allá no hay nada para los mortales; sólo el encuentro con el origen vacío de las cosas”, decía; y entonces contaba sus historias de alas negras que surcaban el firmamento y que entablaban batallas espantosas con las alas blancas, hasta que ellas, cansadas de pelear, volvían a sus nidos con la esperanza de ganar el próximo combate; pero nunca ocurriría así; pues de serlo, él habría dejado de existir, convertido por las alas blancas en una instantánea ráfaga de relámpago, y él nunca recordaba haber perdido la existencia; porque siempre estaba desafiando la salida del sol cada mañana, en medio del silencio solitario de esa calle de arrabal, hasta que el sol le ganaba la batalla; nunca había podido impedir que saliera a alumbrar el día. En realidad, sólo quería vivir en la noche, pero no resistía del todo esa oscura soledad; y era cuando salía y se dejaba ver de perfil por muy pocas personas, que cuchicheaban al oído suposiciones temerosas. Los niños, sin embargo, decían que los trataba bien; que las paredes de esa casa eran espejos que poco a poco convertían sus reflejos en el otro yo procedente del vacío, y que la única luz venía de una lechuza fosforescente que permanecía parada en la chimenea de la sala, despidiendo un tenue resplandor azul que iluminaba los recintos mientras ese pájaro cantaba viejas canciones de la noche.

Los niños salían de la “mansión” con la mirada rara, y algunos no volvían a acordarse de las cosas de esta vida. Las mamás se desesperaban: “Eso les pasa por desobedientes, por andar tras de cualquier desconocido”. Y entonces le rezaban al ángel de la guarda y al viento de la noche para que se llevaran el embrujo entre silbidos, más allá de las estrellas. Los pocos que no quedaban hechizados insistían en que él los trataba bien, y que nadie tenía por qué tenerle miedo a ese hombre con ojos de zafiro y uñas luminosas, cuya historia desapareció detrás de los árboles del río, una noche en que las alas blancas vencieron a las alas negras.


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