MURAL DE AUGUSTO RIVERA GARCÉS
Lunes 14 de junio, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Rodrigo Valencia Quijano, pintor, escritor, poeta, se refiere en notable articulo
al Mural del Maestro caucano Augusto Rivera Garcés (1922-1982) para el
Banco Popular de Popayán. Esta pieza artística, de 18 metros por 3 de ancho,
se la conoció como "La fundación de la ciudad de Popayán y fue realizada por el
Maestro Rivera en 1970.

Cordialmente,

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EL MURAL DEL BANCO POPULAR
Rodrigo Valencia Q
Especial para El Liberal


Esta obra, producto decantado y reflexivo de la experiencia del maestro caucano Augusto Rivera Garcés y su visión particular del arte, adeuda madura reflexión. En pigmentos acrílicos hay lucha de líneas, pugna de masas, figuraciones simbólicas, balanceos dinámicos, procedimientos de un dibujo ágil, pinceladas amplias, seguras y atrevidas, colores y texturas en derroche de materia expresiva, tonos planos en consorcio con volúmenes y perspectivas apenas sugeridas… todo un panorama emerge en el muro y nos asegura que el arte es lenguaje sui generis para legado de conocimiento.

El mural, elaborado en doce paneles incorporados a la pared derecha de la entrada al recinto, nos muestra tres secciones o capítulos descriptivos del paso histórico de nuestra región; y como todo mural, cumple su función comunicativa con un lenguaje pictórico que viene tanto del abstraccionismo, expresionismo y surrealismo propios del autor, en las búsquedas incesantes de los secretos de su arte.

La historia de la derecha representa la génesis de la conquista: luchas por la dominación colonialista en estas tierras, el evento de razas aborígenes resistiendo el empuje de armaduras y caballos españoles, soberanía disputable del régimen traído de la península hispánica. La historia del centro la domina un grupo composicional de bloques coloniales con figuras emergentes entre una tradición de andar lento, agrisado por el peso de un pasado insistente. Y la historia de la izquierda es quizá, a mi parecer, la más interesante por la plasticidad y enigma de su factura: procedimientos gestuales típicos del abstraccionismo expresionista nos sitúan frente al indefinible proyecto del futuro, que ha lacerado el arcaísmo genuino de una cultura interrumpida por el ímpetu del conquistador. ¿Es, tal vez, el encerramiento de nuestros márgenes históricos dentro de un tiempo detenido, la espera fantástica de un progreso interrumpido? ¿Probable alusión simbólica de tres razas, tres tiempos y culturas que esperan el desvelamiento de sus misterios en el ritual solitario de tres copas enigmáticas, un evento que se esconde tras el velo de su cuento indescifrado? Tal vez el artista se llevó a la tumba su secreto; a lo mejor ni él mismo conocía del todo las sugerencias más libres de su paleta visionaria. Misterio; se pueden arriesgar visos significantes, se pueden colindar espacios reflexivos, pueden los laberintos seguir empañando las direcciones semánticas y semiológicas de la razón…

Las preguntas que sugiere una obra de arte no se pueden siempre contestar; son espejos que nos muestran una incierta imagen en el marco de un diálogo incompleto. El arte procede por intuiciones; la lógica casi siempre es improcedente en el marco de la estética; el espíritu especula con la probabilidad, mientras la racionalidad cede paso al ímpetu del extrañamiento. Y una obra de arte muchas veces desaparece en su espacio que la abriga. Digo esto porque, por ejemplo, uno entra al Banco Popular de esta ciudad y ve, pero no mira; la aburrida espera ante el llamado de la ventanilla, el tecleo de las computadoras, el murmullo ininteligible de conversaciones en el aire, el conteo de los billetes, la expectancia de la gente, la llamada del reloj, etc., todo conjura con su ineludible compromiso, coarta con el ajetreo inevitable del momento; la prisa por correr al encuentro de lo cotidiano es el más antipoético gesto para encararse con el arte.

No afirmemos irresponsablemente que el público no admira una obra de arte, que no abriga la obligación de detenerse y contemplar, de aspirar al usufructo de lo cultural-estético. Pero esto, lamentablemente, es lo que cunde en el recinto del Banco Popular de esta ciudad; parece que el aire, el tiempo, la experiencia viciada por costumbre, nos roban el privilegio de la inocencia. Y para contemplar arte se requiere de una primera inocencia… de la mirada que eclosiona con la fuerza vigorizante de lo nuevo.

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