EL CATLEYA DE POPAYÁN EN LOS 50'S
Jueves 13 de mayo, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Rafael Tobar Gómez, en su conocido y leído libro "Cuando florezcan los eucaliptos"
nos describe un lugar en Popayán, Catleya, que por los años de los 50's, era muy popular,
conocido y visitado y relata algunas de las anécdotas sobre el inolvidable Jaime Castrillón.
Hoy transcribimos partes de estos temas.

Cordialmente,.

***

"Cuando florezcan los eucaliptos"
Bar “Catleya”.
Jaime Castrillón.
Por: Rafael Tobar Gómez


Frente al Teatro Municipal, al lado derecho de la casa del Doctor Otoya, mi jefe, cuando trabajé como cartero para el Departamento de Agricultura habían abierto un salón llamado, Bar Catleya, una cafetería convertida en cantina por la noche. La dueña, una antioqueña delgada y alta, de ondulante cadera cuando iba y de ondulante cadera cuando venía, me daba la mano al saludar y en ese apretón de manos yo sentía a una mujer muy dueña de sí misma, poseía una simpatía desbordante y nos atendía a las mil maravillas. Por meses fuimos asiduos asistentes a ese lugar los fines de semana con Joaquín y Rafael y con varios empleados que se nos adherían al calor del aguardiente y la guitarra. La dueña nos apagaba la radiola, para que pudiéramos cantar y tocar guitarra, digo mal, no era una radiola sino un tocadiscos, con un pequeño sistema de amplificación de alta fidelidad, moda que surgió por esos años en reemplazo de la conocida belladona, o traga níquel de luces de neón usada por los bares grandes.

El sistema musical de alta fidelidad segregaba a estos bares de los convencionales, eran más pequeños, más íntimos y más para la clase estudiantil. Uno se llamó Rincón Social, el del frente del colegio de Marinita por la calle quinta, donde se escuchaba a Antonio Prieto, Katerina Valente y a Connie Francis, cantando boleros en español. Parece que el dueño estaba enamorado de la Connie, porque eran sus discos los que más tocaba.

Uno estaba frente al Gambrinus por la calle cuarta, otro por la misma calle, pero frente a la Alcaldía. Diagonal al Cafetal, uno con cuatro mesas solamente y otro en el primer piso del mismo colegio de Marinita pero por la carrera, con un sistema de amplificación excelente y un salón más grande que los demás. Lucho Gatica alcanzaba su máxima popularidad, allí escuchábamos, Sinceridad, Las muchachas de la Plaza España, El Bardo, Amor secreto y muchas canciones más de la época de oro del bolero. Eran barcitos acogedores por lo pequeños, en donde uno se sentía muy bien atendido.

Jaime Castrillón.
 
En una de tantas noches musicales con Guillermo Torres, Santiago Muñoz y Gilberto Vivas, apareció otro ingenioso hidalgo de la bohemia payanesa: Jaime Castrillón, alcohólico, pero estimado entre los estudiantes por su inteligencia y don de gentes.
Entró con una vela encendida, pidió al dueño una caneca de aguardiente, la repartió entre los que allí estábamos y por último sirvió su copa. Como el loco hacía cosas raras, no le perdimos el ojo a ver con qué broma iba a salir. Estuvo charlando un rato hablando de la actualidad, siempre con la vela encendida, cuando bebió su trago, pidió la cuenta, sacó del bolsillo el dinero y pagó diciendo,

-Todo esta pagado, ¿verdad?
El cantinero le dijo,
-Si, Jaime, todo está pagado-.
Y él le replicó,
-No, no todo está pagado-.
De un soplo apagó la vela y dijo,
¡Ahora sí! ¡Todo está apagado! Buenas noches.
Salió y se fue...

Jaime deambulaba por las noches de cantina en cantina, llevando su argot de cuentos, anécdotas y dicharachos. Hombre inteligente e ilustrado, les ayudaba a los muchachos universitarios a hacer sus tareas de matemáticas. Delgado, alto, de amplia frente, Jaime Castrillón estaba enfermo de alcoholismo, en numerosas ocasiones sus hermanos lo habían ingresado en hospitales de recuperación y en otras se escapaba para volver a sus andanzas nocturnales, a su casi eterno recorrido por los bares de la ciudad. A veces se tornaba fastidioso, queriendo hacer bromas a personas que ignoraban quién era, hasta el punto de tratar de echarlo a golpes. Pero, él tenía un ejército de soldados dispuestos a protegerlo, todos los estudiantes de Popayán y hasta los dueños de los bares salían en su defensa. Era una especie de intocable, un consentido de todos.

Las puntadas del Loco.

Una noche, en “El Cafetal”, el bar de Agustín, mis compañeros me pidieron recitara “La casada infiel”, verso que me pedían a menudo, junto con “El duelo del mayoral” y “El Brindis del Bohemio”. Me puse en pie, coloqué el fondo de la guitarra sobre la mesa y tocando música española propia para el verso comencé a recitar...

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
Pero, tenía marido.


Otros estudiantes suspendieron su charla para escuchar el emotivo verso. Todo era silencio en el espacioso salón, un silencio como el que se escuchaba en la sala de música de Luis Diago, en esos fines de semana pasilleros y bambuqueros, donde hasta las moscas tenían cuidado de no hacer ruido, cuando Luis se sentaba al piano a tocar “El Sotareño y el tío de ‘Chivo”, entonaba la bandola tocando su épica musical de “La agonía del Bimbo”.

Continué...

Fue la noche de Santiago y casi por compromiso,
se apagaron los faroles y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto como ramos de jacintos.


Observé que por la puerta de la derecha entraba Jaime Castrillón, quien se acercó al ruedo de entusiastas estudiantes.

El almidón de su enagua me sonaba en el oído,
como una pieza de seda rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas los árboles han crecido,
y un horizonte de perros ladra muy lejos del río.


En eso escucho a Jaime, diciendo,
¡Si lo llega a oír García…lo horca!

Lo miré de reojo, traté de continuar el verso, pero sólo avancé unas pocas estrofas.
La ocurrencia de Castrillón fue tan oportuna que no me quedó más remedio que comenzar a reír, todos estábamos pensando en lo mismo, y sólo por respeto a mí trataban de abstenerse de reír, hasta que todos terminamos en carcajadas, le ofrecimos una copa de aguardiente y lo felicitamos por el apunte tan oportuno, incorporándolo a la reunión. Los amigos me pidieron que continuara con el verso, lo empecé de nuevo, ahora sí de principio a fin.

En otra ocasión, el Padre Arce meditaba sentado en una banca del parque de Caldas, antes de celebrar su misa de las siete de la mañana en La Catedral, cuando vio a Jaime entre nosotros, trasnochado y oliendo a aguardiente. El Sacerdote, viendo la triste y pálida figura que se ofrecía ante sus ojos, quiso hacerlo recapacitar diciéndole,

-Jaime, todos tus hermanos son hombres valiosos para el país y tú como la oveja negra, andas perdiendo tu tiempo en farras todas las noches, debes hacer un esfuerzo para curarte de tu alcoholismo, eres un hombre inteligente que puede dar mucho a esta comunidad. Debes curarte.
-Sí, Padre. Hay que curarse. Que tenga un buen día su señoría-. Le contestó. Volteó en dirección a nosotros moviendo la cabeza de un lado a otro, diciendo como para sí mismo.
¡Ay! ¡Qué cura Arce!

Les he referido varias de las anécdotas que nos tocó vivir, referentes al loco Castrillón. Son innumerables sus apuntes llenos de ingenio. A pesar de que, como dicen, Dios cuida a sus borrachitos, el paso del tiempo hace que todo tenga un final, Jaime debe haber fallecido hace años. Un personaje que todos estimamos, quisimos y admiramos por su calibre como ser humano y por su increíble ingenio.
(Tomado del Libro "Cuando crezcan los eucaliptos" de Rafael Tobar Gómez).

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