LA BELLA HIJA DEL PRESIDENTE
Martes 13 de abril, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Rafael Tobar Gómez, caucano, escritor, poeta, compositor, intérprete,
pintor y músico, en su notable libro de 440 páginas  "Cuando florezcan
los eucaliptos"
, entre sus descripciones de las bellas zonas del Pacífico
relata una anécdota que agrada al lector: "La bella hija del presidente".

Cordialmente,

***

"Cuando Florezcan los eucaliptos"
La bella hija del presidente.
Autor: Rafael Tobar Gómez.


Isaías me refirió que un compañero de trabajo en La Registraduría de Timbiquí, anterior a nosotros, se fue a divertir nada menos que a la aldea de los indios Cholos situada a unos minutos del pueblo y se dedicó a enamorar a una muchacha muy bonita cuya juvenil figura desataba pensamientos lujuriosos en los hombres que la admiraban, cuando iba al granero a hacer la compra. Sus turgentes senos bailaban al vaivén de sus caderas, su piel incitaba a la caricia. Era una de las hijas del presidente de la reservación indígena.

Los indios le siguieron la corriente al colega y le celebraban las gracias en lo que parecía ser una reunión muy amigable. Le dieron aguardiente de contrabando y le aplaudían todas las gracias que le decía a la muchacha tratando de enamorarla. Ella se deshacía en sonrisas con él. Súbitamente, se desplomó en el piso a dormir la borrachera, oportunidad que aprovecharon los indios para desnudarlo, lo pintaron de pies a cabeza, con una anilina parecida al azul de metileno. No dejaron ni un centímetro de su cuerpo sin cubrir. Cuando acabaron la faena, lo vistieron de nuevo y lo dejaron abandonado en una banca del granero en la aldea de Santa Bárbara.

Isaías lo encontró y fue a avisar a su compañero de trabajo. Lo llevaron al hotel. Cuando el pobre hombre despertó y se dio cuenta que estaba azul por todas partes, se fue al río a bañarse, se echó jabón de la tierra, se sobó con estropajo, pero el tinte no salía. Mandó traer aguarrás, gasolina y cuanto detergente pudo encontrar, pero no fue posible remover el tinte.

El hombre se convirtió en el hazmerreír de la gente del pueblo, que por los resultados sabía lo que había sucedido, porque conocía muy bien las prácticas de los indios y ahora estaba pagando en carne viva la culpa de su lujuria.

El pobre hombre, traumatizado, se fue para Popayán y renunció a su trabajo. El tinte se le fue cayendo poco a poco en escamas, transformación que según dicen, duró más de un año. Con la experiencia tan negativa proporcionada por los indios Cholos, no quiso volver a la costa del Pacífico nunca más. Los indígenas le hicieron pagar con su propia piel la osadía de enamorar a una de sus mujeres.

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