DESCRIPCIÓN DE POPAYÁN EN 1823
Sábado 22 de mayo, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

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Gaspard-Théodore Mollien (1796-1872) expedicionario y diplomático francés, hizo en 1823, un viaje detallado de Colombia que dio como resultado un libro que contiene "un panorama más completo del estado y posibilidades de la nación en el campo económico y la observación minuciosa y estudio de documentos oficiales que le proporcionaron información sobre las finanzas públicas, comercio, laminaría y la riqueza agrícola del país". Este libro impactó a la opinión pública de la época, más que todo por sus fuertes críticas al sistema de gobierno y al Libertador Simón Bolívar.

La parte que reproducimos hoy, corresponde a la detallada descripción hecha por Garpar en 1823 sobre la ciudad de Popayán. El relato de su viaje al Puracé se puede leer en: Puracé-Gaspard-Théodore Mollien

Cordialmente,

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El viaje de Gaspard-Théodore Mollien por la República de Colombia en 1823
Edición original: 2004-06-22
Edición en la biblioteca virtual: 2004-06-22
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Autor: Gaspard-Théodore Mollien


Desde que divisé a Popayán ardí en deseos de verme allí. ¡Qué largo y fatigante me pareció el camino a pesar de la variedad que prestan al panorama las hermosas casas de campo y las tierras cultivadas con esmero! La llanura de Popayán, que vista desde la cima de las montañas me dio la sensación de ser completamente plana, está cuajada de montículos que venían a entrecortar el camino de manera muy desagradable. Es una región desigual por el estilo de la del valle del Socorro tan pareja cuando se la contempla desde lo alto de la cordillera y tan desigual en realidad. Pasamos el Palacé por un frágil puente de cañas. El cauce de este río corre a una profundidad prodigiosa por entre dos muros de roca que dan la sensación de haber constituido uno solo en tiempos pretéritos. Este lugar no dejaba de tener interés para mis guías, pues les recordaba la batalla que Nariño presentó a los españoles, y de la que salió victorioso a pesar de lo desventajoso de las posiciones que ocupaba, del reducido número y de la poca disciplina de sus tropas.

A ambos lados del camino se alzaban hermosas residencias, cuya opulencia se colegía por el aire que tenían los mayordomos negros encargados de su guarda, que montaban caballos muy buenos y muy bien enjaezados. Al pasar a su lado y al reconocer en mí a un extranjero, los hacían caracolear, mostrándose muy ufanos. A las cuatro pasé por el pueblo de Cauca, en cuyas inmediaciones está situado el río del mismo nombre; crucé un puente de ladrillos bastante hermoso, pero muy estrecho, que es obra de los españoles. Luégo, tomando por un camino muy bonito que lleva a Popayán, entré en esta ciudad a las cinco de la tarde. De acuerdo con la costumbre de la región, se me alojó en una tienda.

Es fama que la situación topográfica de Popayán parece haber sido escogida por la imaginación de los poetas; en efecto, difícilmente las habrá más bellas. Su emplazamiento fue escogido por Belalcázar, menos conocido que Pizarro, Cortés y Quesada, pero cuyo nombre merecería ser citado con más frecuencia, ya que se le debe la fundación de un gran número de ciudades todas muy bien situadas.

El valle de Popayán no tiene la grandiosidad imponente del de Santafé, pero el aire que en él se respira es puro. El campo, por la proximidad de las cimas nevadas del Puracé, es muy feraz; la temperatura es tan suave, que se estaría tentado de darle la preferencia sobre el de la cordillera, si la permanencia en él no la hiciesen casi imposible toda una serie de insectos repugnantes, y en especial las pulgas.

La comparación entre las ciudades de Bogotá y de Popayán es difícil de establecer, pues ambas tienen un mérito considerable pero absolutamente distinto. Santafé, aunque con peores casas, talvez guste más a los forasteros por la razón de ser la capital. Las casas de Popayán tienen un aspecto más alegre, y hay algunas que no desdirían en cualquiera de los barrios más hermosos de nuestras ciudades de Europa: la calle de Belén especialmente es digna de mención. Todas las casas tienen un piso, están en correcta alineación y las aceras bien pavimentadas; tienen balcones y carecen de esas rejas que dan siempre un aspecto triste.

La arquitectura de las iglesias (hay once) es elegante, aun cuando como en todos los edificios de Popayán, la profundidad es demasiado grande en relación con la anchura, lo que choca a muchos europeos que están acostumbrados a proporciones más armónicas.

En Popayán hay una casa de moneda y dos hospitales, y hasta trescientas ochenta casas de ladrillo y cuatrocientas noventa y una de adobe. Las tiendas no tienen aspecto alegre; como no se celebra mercado en la ciudad, todos los víveres se venden en ellas. Ésas son talvez en relación con la población, más numerosas que en Santafé.

Las plazas no tienen nada de particular, y la mayor parte de las casas que las rodean están en ruinas por los combates que se han librado en la ciudad. La decadencia de Popayán se advierte también por otros signos: antes había varios habitantes que tenían una fortuna de un millón de piastras; hoy la excesiva sobriedad del pueblo, sus trajes, su aspecto, todo indica que la guerra ha arruinado por completo esta ciudad, antaño tan próspera y rica por el comercio que hacía con Santafé y con Quito y por las minas de oro que sus vecinos tenían en el Chocó y en las márgenes del Cauca. Todavía hay hoy cuatro familias que tienen un capital de cuatrocientos mil piastras, que no son mas que restos de sus inmensas fortunas, que sacrifican todos los días a la República cuya causa han abrazado.

En Popayán sólo hay un convento de franciscanos los otros cinco monasterios, con gran desesperación de los hijos de esta ciudad, han sido convertidos en cuarteles; sus rentas se aplican a la fundación de un colegio. Estas disposiciones han desagradado mucho al pueblo de Popayán, que es muy afecto a los frailes; hasta se llegó a temer con este motivo que hubiese una sublevación en Popayán, como sucedió en Maracaibo.

El comercio de Popayán consiste en telas de lana que la guerra ha hecho que se exporten por la costa de Barbacoas o de Buenaventura a Quito y a Guayaquil. Las franelas se traen de Europa, la sal de Santafé, las harinas de Pasto, el cacao de Timaná, el azúcar de Cali. Las franelas que tienen más aceptación son las encarnadas, amarillas y verdes, que se venden a veintidós reales la vara.

Si hubiera de creerse lo que los santafereños dicen de los popayanejos, habría que reputar a éstos como gentes poco sociables. Hay que convenir en que tienen modales un tanto altaneros; su conversación es muy afectada; en general son más distinguidos que los de Santafé. Por lo demás, si son más afectuosos y corteses, en cambio son de una avaricia extremada. Se les reprocha su indolencia: cosa natural en una gente que tiene esclavos.

Tanto las mujeres como los hombres tienen facciones muy regulares; conservan la gravedad y los rasgos de los españoles: hay algunas familias que parecen ser de origen judío. El número de negros y de mulatos es considerable: son ellos quienes se ocupan tanto de las haciendas como de las minas. El carácter turbulento de los esclavos, que debido a la guerra pueden considerarse casi como libres, inspira mucho temor a los blancos. Desde Pasto hasta Cartagena, casi no hay en la Cordillera Occidental más que negros.

En 1807 la población de Popayán alcanzaba a seis mil novecientas cincuenta y cuatro almas, divididas así: tres mil cinco mestizos; trescientos cincuenta y cuatro indios mil doscientos diez y ocho mulatos mil trescientos cincuenta y nueve esclavos y mil diez y ocho nobles. Había quinientas mujeres más que hombres.

Los indios de Popayán difieren poco de los de Santafé: talvez tienen el color más oscuro y son más pequeños. El traje es el mismo, aparte del sombrero o montera que se asemeja al que llevan los mandarines chinos y que está confeccionado con trozos de paño de diversos colores. Los blancos llevan las mismas modas que los de Santafé, pero, como provincianos que son, sin gusto y sin gracia.

Las minas de oro, abandonadas, apenas si producen lo indispensable para que los que todavía las explotan puedan vivir; los conventos del Carmen y de la Encarnación, que poseían unas bastante ricas | ³ han visto disminuir su rendimiento debido a la deserción o a la muerte de los esclavos que trabajaban en ellas.

Si del clero tanto regular como secular no se puede decir que sea rico, en cambio el obispo tiene pingües rentas; éstas se estiman en unas 40.000 piastras anuales.

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