RAFAEL MAYA
Sábado 6 de noviembre, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Óleo Sergio Trujillo M
Cristina Maya hija del gran poeta, critico, escritor, educador caucano Rafael Maya Ramírez,  nacido en Popayán en marzo de 1897, se refiere en su articulo "Recuerdos de mi padre", que hoy reproducimos en forma fragmentaria, a momentos poco conocidos de la vida del vate payanés.

La poetisa y escritora Cristina nació en Bogotá en 1951 y heredó de su padre la vocación literaria. Se ha desempeñado como catedrática universitaria en el campo de la literatura colombiana, hispanoamericana, cultura griega y latina. Su poesía está llena de gran sensualidad y entonación

Cordialmente,

***

RECUERDOS DE MI PADRE
Autor: Cristina Maya
Publicación eltiempo.com
Sección Lecturas fin de semana
Fecha de publicación 9 de marzo de 1997
Fragmentos


Desde hace varios años me interesé por la obra literaria de Rafael Maya, mi padre, y por algunos sucesos relevantes de su vida, pero siempre lo hice como investigadora, primero para una tesis de grado, luego al reunir su obra crítica y en otras oportunidades en ensayos de carácter académico.

Hoy, gracias a la gentil petición de L.D. he querido enfocar, en un estilo diferente, algunos episodios suyos más personales y quizás menos conocidos, con la convicción de que esta tarea puede resultar más difícil que la anterior, por la paradójica circunstancia de la proximidad sentimental.

Cuando nacimos sus hijos, mi padre era ya un hombre maduro de poco más o menos cincuenta y cuatro años. Estaba casi recién casado y había tenido que esperar a que su futura esposa, una adolescente de quince años, alumna suya de literatura, en el Instituto Pedagógico de Bogotá, hubiera cumplido unos cuántos más y sobre todo aceptara su petición de matrimonio. Era Nelly Gallego Norris, mi madre, unos treinta años más joven que él.

No creo haberlo visto nunca sin un libro en la mano, como un estudiante aplicado y enteramente consagrado a su oficio. Era metódico y riguroso en su trabajo y tenía una especial intuición crítica, a la que siempre acudió no solo en sus análisis literarios sino en la captación de diferentes hechos, personas y circunstancias de la vida común. Rara vez se equivocaba en sus juicios. Aunque trabajó con gran tenacidad, llegando a ocupar altos cargos en la cultura (director de la Revista Bolívar, profesor fundador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Javeriana, rector de la Escuela Nacional de Bellas Artes, decano de Filosofía y Letras de la Nacional, director de la Radiodifusora Nacional, director de la Crónica Literaria de El País, etc.) nunca se le vio demasiado agobiado, pues parecía hacerlo todo con una gran facilidad.

Sus libros eran el tesoro más preciado, conocía al dedillo qué lugar ocupaban en los anaqueles. Su biblioteca era una especie de santuario en el que permanecía la mayor parte del tiempo, sobre todo en sus últimos años, dedicados por entero a la cátedra. Escribía siempre a mano, en cuadernos que luego mi madre se encargaba de pasar a máquina después de hacerles las respectivas sugerencias que él acataba de buen grado. Otras veces simplemente le dictaba su trabajo.

Estuvo siempre al día en materia de nuevas publicaciones aun cuando prefería releer a los grandes autores franceses, ingleses, españoles y alemanes. Nunca abandonó la lectura de los clásicos grecolatinos. Nunca criticó nada ni dejó de asumir una postura literaria sin tener la certeza absoluta de que sus motivos fueran lo suficientemente sólidos. En cuanto a esto último, es muy conocida esta observación suya: Nunca he sido un reaccionario, amo y procuro comprender todo lo nuevo, y nunca he desechado una forma porque no se amoldase a mis genuinos modos de sentir ... solo abomino de una cosa: de las mistificaciones, de las adulteraciones, de la falsa revolución, de los alardes anarquistas que muchas veces solo sirven de bandera a mercancía vieja .

Fue un gran crítico del modernismo, escuela que por los veinte estaba prácticamente agotada y sobre la que polemizó en varias oportunidades. Gran parte de sus poemas iniciales marcaban, pues, una ruptura y eran, desde luego, innovadores. Cómo no reconocer en algunos de ellos su sencillez, la superación de buena parte de la retórica modernista, el impecable uso de la metáfora y ese sentido de lo humano que para los buenos catadores de la poesía es siempre perdurable! Ojalá volvieran a leerse poemas suyos como "La mujer sobre el ébano", "Invitación a navegar" o aquellos poemas de dimensión épica como "El retablo del sacrificio y de la gloria", dedicado al sabio Caldas, y muchos otros. Tanto su obra poética como crítica ofrece grandes posibilidades de interpretación y de goce estético. En sus ensayos no solo nos da un certero panorama de nuestros escritores sino un ejemplo de una de las prosas más castizas y fluidas de nuestra lengua.

Mi padre fue un excelente amigo de sus amigos aunque muchas veces solo hablara con ellos de vez en cuando. Era muy celoso de su intimidad y, sin duda, el centro de su vida afectiva estaba en su casa y con su familia.

Maya nunca fue bohemio, cosa rara en un escritor; poseía en cierta forma un espíritu goethiano en quien armonizaban fácilmente lo emotivo y lo racional. De él podemos decir que no se distinguía por su excentricidad, cosa frecuente entre los hombres geniales, sino que era cortés y sencillo. Su carácter no tenía nada de solemne y ostentoso, pues estaba exento de solemnidad .

Creo que nunca aprendió a fumar, llevaba muchas veces un cigarrillo apagado en la boca para acompañar a mi madre, fumadora habitual. En sus últimos años se tomaba dos vasos de whisky al día que le servían como vasodilatadores, pues era gran hipertenso. En su hogar fue siempre muy correcto. Madrugaba diariamente de manera que a las seis estaba listo para emprender sus tareas. Fue fino en el vestir y amante de la buena mesa. Como buen payanés conservó un agudo sentido del humor; siempre gozábamos de sus anécdotas y de sus chistes. Nunca dejó de recordarnos que se había casado un veintiocho de diciembre para hacerles una particular inocentada a novias anteriores.

En otros tiempos cultivó una buena amistad con López Pumarejo, Eduardo Santos y Gaitán. Poco antes de morir mi padre, Belisario Betancur reunió en su casa a un grupo de intelectuales en su honor. El año pasado, con motivo de la fundación de la Biblioteca Rafael Maya, en Popayán, el doctor Betancur pronunció un emocionante discurso recordando su vida y su obra. Su amistad con los doctores Rivas Sacconi y Torres Quintero, importantes humanistas, nos hacen recordar la época dorada del Caro y Cuervo, al que estuvo vinculado por varios años. Muy pocos saben que fue el autor del himno del ejército que todos los días cantan los soldados de Colombia.

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