LA CALLE CUARTA DE POPAYÁN
Viernes 21 de mayo, 2010
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/

Amigos:

Horacio Dorado Gómez en su libro "Columnas de papel" informa sobre
los habitantes del occidente de la calle cuarta de Popayán por los años 40'.

Cordialmente,

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Columnas de papel
La calle cuarta
Calle con historia en Popayán
Autor: Horacio Dorado Gómez


Degustando un rico café, repasé la calle cuarta que también hizo historia en Popayán. Empiezo por evocar el patio-lote cercado de alambre de púas y hojas de lengua de vaca, que usaban como parqueadero de caballos enjalmados, los campesinos que venían a la ciudad. Terreno de propiedad de don Juan Castro, hombre que oficiaba de “sobador” o “arregla huesos”. Su grandulón hijo de ojos desorbitados le servía de ayudante.

 Don Juan tuvo el primer “instituto ortopédico”, en un salón lleno de poleas y armatostes de madera donde “encajaba” huesos a punta de forcejeos, llantos y alaridos que se escuchaban en toda la cuadra. Fue el precursor de los traumatólogos en ese tiempo de pocos médicos. Gracias a Dios, la ciencia y al afamado Dr. José María Illera, ahora gozamos de cambios profundos, la férula y el yeso. Recuerdo que los pacientes y acompañantes entre tanto, esperaban en la tienda de don Germán, al que había que llamar a grito herido: “a vender”. Por estar en otras labores en el solar, respondía, “ya voy carajo”. Véndame un comprimido (pambazo con queso) que se “resbalaba” con chicha enfuertada en olla de barro.

 A la diagonal vivían don Rosaliano Mosquera y sus hijos, cuya peculiaridad eran sus nombres iniciados, todos con “R”, Rosaliano, Ruth, Rosalía, Ricardo, Ramiro, Rebeca y Rosa Carmen. Enseguida, vivía Gerardo Sánchez y su hermana Jesusita toda ella pintadita como una mariposita. Don Gerardo, alias “Sancocho” era un virtuoso del violín y del armonio, que por lo incómodo, debía transportarlo a lomo de caballo a la misa en Julumito. Un poco más adelante, vivía doña Emma Caldas, madre del reconocido galeno y galán Luis H. V-Arias. Al lado, una señora de cara osca tenía una tradicional pulpería o tienda “patoja” con barandilla de madera, que vendía guangos de leña, carbón, plátanos,  pan, “chandosas” y bolitas de maní. No recuerdo si se llamaba Petrona, pero si su mal genio.

Al frente residía don Guillermo Tobar que tostaba y molía el aromático y suave Café Águila y Eléctrico, quien ante la penuria extrema de su hermana doña Rosa Elena con catorce hijos, no solo le surtía remesa traída de la finca, sino, uno que otro bultico de café para que, ella también tostara y vendiera, dando así inicio al gran emporio de “Café la Palma”.

Un tanto, más arriba, quedaba la casa de don Víctor Martínez, con su esposa e hijos: Carlos, Víctor, Rodrigo y Mauricio. Don Víctor adornado de honestidad y cumplimiento, fue administrador toda la vida de la Colombiana de Tabaco. Era hijo de don Cenón Martínez, uno de los propulsores del transporte de “berlinas”. Debajo del viejo Carbonero, funcionaba la flota del mismo nombre, con el teléfono de manivela # 1236 con amables y educados choferes de plaza: “Calagüingo”, “Titiribí”, “Vida regular”, “el loco Arias”, don Víctor Rodríguez, don Carlos Lemos”Baudilio”, Próculo González “Escalera”, y el “Timbiano Ricaurte”, entre otros.

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